domingo, 13 de abril de 2014

Un altar para la madre, de Ferdinando Camon

 

Elegía a una madre y un mundo que desaparece

 

“Cuando nuestro padre era soldado, por la noche nos sentíamos solos”. Este libro está lleno de frases hermosas como ésta. Comienza con el duelo que acompaña al ataúd de la madre, continúa con la infancia y la madurez del hijo y habla siempre del campo, el medio rural tradicional que insensiblemente va desapareciendo y parece que muere con la madre, al tiempo que con él desaparecen un tipo de hombre (y naturalmente de mujer) y un tipo de moral.

 

Un altar para la madre -del italiano Ferdinando Camon, Premio Strega 1978, que ahora publica Editorial Minúscula- pone en relación la memoria con los recuerdos aludiendo siempre a la pertenencia: la del mundo campesino, con sus valores y sus mitos. Un libro que tiene casi tantas lecturas como títulos; porque, mientras en la traducción al castellano conserva el original, como explica el propio autor en el prefacio a esta edición, en Francia se ha llamado Apothéose, en Estados Unidos Memorial y en Brasil Inmortalidade, igual que “un país islámico progresivamente integrista lo traduce con el título de Inmortalidad (en el Islam no hay altares, se desconoce qué son)”.

Con el lenguaje sobrio y contenido de la gente sencilla, Camon evoca en esta soberbia novela corta la muerte de la madre, campesina pobre que en su juventud, durante la guerra, salvó la vida a un partisano perseguido por los fascistas (y con el perenne recuerdo, en segundo plano, de un padre con manos callosas, concreto como la tierra que trabaja, casi analfabeto).

Ahora, aquel superviviente se alía con el viudo taciturno para construir un memorial en el lugar en que ocurrieron los hechos. Al tiempo que el padre va levantando las paredes de una especie de tabernáculo “para la madre”, el hijo –escritor y urbanita, que solo cuando la ha perdido se da cuenta de cuanto la quería- construye con palabras su particular homenaje/altar a la memoria de la madre muerta, perteneciente a un mundo en el que todos hablaban muy poco y casi nadie escribía. Ambos –padre e hijo, tan diferentes- pretenden así salvarla del olvido, de “dejar de morir”.

Sin lágrimas ni palabras de más, porque en la filosofía campesina “la muerte forma parte de la vida: “Una persona buena ―afirma Ferdinando Camon en el prefacio―, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama “bondad”. No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno”.

Elogio fúnebre de una persona y una forma de vida olvidada en la que sobre todas las cosas primaban la solidaridad, la ayuda mutua, los acontecimientos vividos en comunidad que daban origen a las leyendas, Un altar para la madre tuvo, dicen los editores italianos, una gestación muy larga porque fue reescrita hasta diecinueve veces; aunque –se trata de una anécdota curiosa- la que finalmente se editó fue la tercera.

Esta novela elegíaca que representa, en la obra de Ferdinando Camon, la conclusión de lo que el autor ha definido como “el ciclo de los últimos” fue también, en 1986, una película producida por la RAI (Radiotelevisión pública italiana), interpretada por Franco Nero y Angela Winkler.

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