viernes, 5 de enero de 2018

“El Museo de las maravillas”, un cuento para todas las edades

“… una carta de amor a Nueva York, una oda a la transmisión, a la vivacidad del patrimonio cultural, a las pequeñs vidas que hacen la gran Historia y a Julianne Moore, la musa del cineasta (Todd Haynes)”.  (Nicolas Schaller- Nouvel Observateur)


En dos épocas distintas, Ben y Rose son dos niños que desean unas vidas diferentes de las que les han tocado en suerte. Ben sueña con el padre que nunca conoció mientras que Rose, hija de una actriz del cine mudo y aislada por la sordera, se apasiona por una misteriosa actriz.

En 1977, cerca del lago Gunflint (Minnesota), Ben (Oakes Fegley), 12 años, en duelo por su madre muerta en el accidente de automóvil que le ha dejado sordo, se marcha en busca de ese padre desaparecido con, como única pista, la dirección de una pequeña librería neoyorquina que ha encontrado, escrita en un trozo de papel,e entre las cosas de su madre. Medio siglo antes, en 1927, en Hoboken (New Jersey), Rose (Millicent Simmonds), una adolescente sorda, se fuga para ir a conocer a su ídolo, la actriz Lillian Mayhew (Julianne Moore), que ensaya en un teatro de Broadway. Los dos niños emprenden una búsqueda sim´ñetrica por Nueva York, los dos relatos se entrecruzan –el primero en color, el segundo en blanco y negro- dando lugar a la aparición  del gabinete de curiosidades del Museo de Historia Natural de Nueva York, con sus reliquias misteriosas.

Aunque les separa medio siglo –Rose llega a la ciudad en 1927,  Ben en 1977- los dos son personajes adolescente de una emocionante madurez precoz y ambos quieren escapar al ambiente en que han crecido.  1927 es el año en que se estrena la primera película hablada en Nueva York, pero eso a Rose no le importa porque ella es sorda de nacimiento; un rasgo que también le asemeja a Ben, que acaba de perder el oído en un accidente. Cuando los chicos ponen un pie en Manhattan sabemos, sin lugar a dudas, que han encontrado la libertad, sea cual sea finalmente la solución a sus problemas emocionales.

La película “El Museo de las maravillas” (Wonderstruck, en el título original, q1ue significa “maravillado”) es la adaptación que el cineasta estadounidense Todd Haynes (“Carol”, “Lejos del paraíso”, “I’m not there”) ha hecho de la novela gráfica juvenil Black Out, de Brian Selznick (el creador de la maravillosa historia de Hugo Cabret, “Hugo” en el cine y firmado por Martin Scorsese, un relato con el que he encontrado muchas similitudes en este museo cuyas maravillas recuerdan tanto las de la torre del reloj de la estación londinense donde Hugo descubre otro mundo junto a su abuelo. En ambas películas hay una voluntad de convertir el pasado en un fetiche). En el reparto, el actor estadounidense de 13 años Oakes Fegley (“Prism”, “Pete’s Dragon”) y la americana de origen escocés Julianne Moore (“Los chicos están bien”, “El séptimo hijo”, “Still Alice”, Oscar a la mejor actriz 2015), en una Rose espléndida, casi anciana.

Haynes  no es tan famoso como Scorsese ni tiene todavía un recorrido profesional tan largo. Pero tiempo al tiempo. Esta es su séptima película y, como en las anteriores, sigue dejando patente su amor por los personajes solitarios, marginales, diferentes… En este Museo nos invita a ver el mundo tal y como lo puede percibir un niño sordo (dos niños, para ser exactos cuyas épocas y trayectorias tienen ecos similares).

En la historia – mitad cuento para niños, mitad melodrama para adultos- hay en realidad dos museos y un precursor: el “gabinete de curiosidades”, ese ancestro que hoy solo puede ser una reliquia, especie de armario (y en ocasiones una habitación entera) donde la gente acumulaba, en sus casas, todos los objetos que les parecían preciosos y dignos de conservar, enseñar y admirar. Y a un cuento así no podía faltarle la moraleja: “el mundo es un inmenso gabinete de curiosidades, un trastero donde podemos encontrar las respuestas que faltan a nuestras angustias”. (Marcos Uzal- Libération).

 “El museo de las maravillas” es una película que hay que ver como un himno a la infancia y a la diferencia, expresado a través del encuentro de  dos soledades en Manhattan, con cincuenta años de diferencia: “El resultado es un objeto extraño, desconcertante aunque encantador” (Les Fiches du Cinéma).




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