martes, 23 de enero de 2018

Davos bajo el signo de la desigualdad más obscena

Winnie Byanyima
Cuando faltan veinticuatro horas para el inicio del Foro económico mundial  (WEF) de Davos –este año con el lema “Crear un futuro común en un mundo fracturado”-, reunión anual de los poderosos de la tierra que se celebra del 23 al 26 de enero de 2018 en la localidad suiza, la ONG Oxfam  denuncia una vez más el  progresivo aumento de las desigualdades, indignada porque “el 82% de la riqueza creada durante el año 2017 haya beneficiado al 1% de los más ricos del planeta”, informa el diario Le Monde.

En un informe publicado este 22 de enero, dedicado justamente a la desigualdad de la riqueza, y utilizando datos de investigaciones propias y otros procedentes de diversas fuentes (Forbes, Credit Suisse, Banco Mundial, etc.), la organización humanitaria añade que “la situación no ha cambiado para el 5% de las personas más pobres”. 

Aunque el informe reconoce que entre 1990 y 2010 se redujo a la mitad el número de personas que vivían en extrema pobreza, los redactores añaden que “si en el mismo período no hubieran aumentado las desigualdades en la misma proporción, otros 200 millones de seres humanos habrían podido salir de la miseria”.

Oxfam utiliza algunos ejemplos realmente escandalosos para demostrar su denuncia. Por ejemplo, que cuatro días de salario del presidente de una gran empresa multinacional del textil equivalen a lo que una obrera de Bangladesh gana en toda su vida. O que en Estados Unidos, las tres personas más ricas del país –el antiguo dueño de Microsoft Bill Gates, el presidente de Amazon Jeff Bezos y el inversor Warren Buffet- poseen tanto dinero como los 160 millones de personas que constituyen la mitad más pobre de la población.

“Cada año voy a Davos- explica la ugandesa Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam International- par repetir a los gobiernos que deben actuar ante las desigualdades. Ahora todos los dirigentes aseguran que es un tema que les preocupa, pero se trata solo de buenas palabras. Lo que nosotros queremos es que actúen”.

En Davos se dan cita cada invierno unas 3.000 personas del mundo de los negocios, las finanzas, la política y los asuntos públicos. Por cierto, que este año asiste por primera el presidente estadounidense y empresario inmobiliario Donald Trump, cuya reciente reforma fiscal ha llegado para favorecer a sus amigos, el 1% de las grandes fortunas del país.  Junto a él, y entre otros, el presidente francés Emmanuel Macron, la alemana Angel Merkel, la británica Theresa May, el canadiense Justin Trudeau, el israelí Benjamin Netanyahu y el primer ministro indio Narendra Modi.

Las reuniones, conferencias, mesas redondas y seminarios del WEF se celebran en un centro de conferencias de la pequeña estación de esquí de Davos. Pero es en los grandes hoteles de lujo, especialmente en el Steigenberger Belvedere, donde lobbystas, especialistas en relaciones públicas y periodistas, asaltan a  las diversas personalidades que se suman a las élites políticas como, este año, los dirigentes de las transnacionales Salesforce, Renault-Nissan-Mitsubishi o el conglomerado de agencias de comunicación y publicidad WPP; y los más altos dirigentes del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización de Naciones Unidas (Onu), así como los presidentes de bancos centrales nacionales.

También están invitados, y esto explica la presencia de Oxfam entre otros, los responsables de organizaciones humanitarias y “caritativas”, y sindicatos, para evitar que se diga que en Davos solo hablan las élites mundiales, y algunas celebridades –este año la actriz Cate Blanchett y el músico Elton John- para garantizar una nota de “glamour” y la presencia del evento en las revistas de “papel cuché”.

Los salones privados del centro de conferencias, y muchas habitaciones de los lujosos hoteles, son testigos de grandes acuerdos empresariales e incluso geopolíticos: de esta cumbre económica mundial surgió la “Declaración de Davos” que en 1998 evitó la guerra entre Grecia y Turquía.

Aunque, en el fondo, la reunión del WEF no es más que el momento anual en que los más privilegiados  de la tierra exhiben sus egos y hacen pomposas declaraciones sobre igualdad y transparencia, que luego se encargarán de desmentir sus actos: en el mejor de los casos, las grandes donaciones filantrópicas no son más un forma de disfrazar la desgravación impositiva fiscal.

Alguien ha dado una definición certera de lo que representa la cumbre que empieza mañana: « Cuesta menos colocar una pegatina sobre el comercio sostenible que abandonar los contratos a cero la hora. No quieren pagar un salario decente, pero financian una orquesta filarmónica. Quieren prohibir los sindicatos, pero organizan seminarios sobre transparencia gubernamental”.  


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