martes, 14 de abril de 2015

Regreso a Ítaca, el exilio interior desde el malecón de La Habana





“Ten siempre a Ítaca en tu mente, llegar allí es tu destino” (Constantin Cavafis, Viaje a Ítaca)


Las películas de amigos que se reencuentran después de una larga separación constituyen todo un género y también una especialidad cinematográfica francesa. En este caso, Regreso a Ítaca, firmado por Laurent Cantet (La clase, Recursos humanos) y escrito a medias entre el realizador francés y el escritor cubano Leonardo Padura (a partir de su novela La historia de mi vida), es un cóctel caribeño de cariño, nostalgia y amargura, Premio Venice Days en el Festival de Venecia 2014 y Premio a la Mejor Película en el certamen de Biarritz del mismo año.

Historia sobre los sueños rotos de la generación que creció con la revolución cubana, la que abrazó el ideal revolucionario, creía todo y no cuestionaba nada y, en consecuencia, pasó miedo, se tragó las contradicciones y solo tuvo dos opciones: quedarse y defender desde dentro, desde el exilio interior, los muchos e importantes logros de un decepcionante camino al socialismo, o escapar, huir a otros países y fabricarse una vida nueva impregnada de desilusión y melancolía. El hundimiento de la URSS y la desaparición de la ayuda situó a toda la isla de Cuba al borde de la pobreza y cada cual se apañó como pudo.

En la destartalada y acogedora azotea que da sobre el malecón de La Habana –inmejorablemente retratada por Padura en varias de sus novelas que son distintos fragmentos de su tumultuosa biografía personal-, Ítaca a la que acaba regresando el que se fue, una noche de verano (en realidad, en La Habana cualquier noche es de verano) se dan cita el exilio interior y exterior. Los amigos de ayer, con el alma taladrada por algunas ausencias dolorosas, se reúnen para celebrar el regreso de Amadeo (Néstor Jiménez), escritor que ha permanecido dieciséis años exiliado en Madrid. Las canciones, las risas y los bailes acaban dando paso a los recuerdos –primero los divertidos, después los amargos-, las recriminaciones y los enfrentamientos. “En una noche y en hora y media de cine los cinco amigos cenan, beben, fuman, gritan, lloran, cantan, bailan, se cabrean, se reconcilian, abren armarios y corazones al estilo cubano con esa mezcla de afectividad, autocrítica, sensualidad, jactancia, provocación, patetismo y humor tan propios de la isla” (Libération). La noche ha sido la catarsis; el amanecer, que dibuja en el horizonte el skyline de una Habana blanca y hermosísima, les encuentra desparramados por las sillas y los rincones de la azotea. Amigos para siempre.



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