miércoles, 15 de abril de 2015

Lost River, el sueño americano transformado en pesadilla onírica



Ryan Gosling, actor, realizador, productor, guionista, músico, bailarín y compositor canadiense de 35 años, crecido en una familia mormona e integrante en su infancia del All New Mickey Mouse Club (junto a otras celebridades como Justin Timberlake, Cristina Aguilera o Britney Spears), tras interpretar cerca de dos decenas de películas –algunas destacables como The Notebooks, Love and Secrets, Crazy, Stupid, Love o Drive- ha decidido pasar al otro lado de la cámara con la historia de Lost River, cuyo guión también lleva su firma.

Lost River habla de un mundo extinguido -un barrio, un pueblo abandonado por casi todos sus habitantes después de que el primigenio fuera anegado en la construcción de un pantano-, en el que junto a los últimos supervivientes conviven los fantasmas del pasado -entre ellos una Barbara Steele anciana, muda, en su enésimo “film de horror”, género que ha marcado su más de medio siglo de carrera, pese a que en los años 1960 hizo apariciones episódicas en películas de autor tan notables como “8 ½” de Fellini, “L’Armata Brancaleone”, de Mario Monicelli, o “La Petite” de Louis Malle- y “Los sueños en ruinas”.

Christina Hendricks ("Mad Men") en su primera película como protagonista, la compañera sentimental del director Eva Mendes (Desperado 2, La noche nos pertenece), y Saoirse Ronan, Iain de Caestecker, Matt Smith y Ben Mendelsohn, protagonizan este drama fantástico que tanto recuerda las obras de David Lynch y llega apadrinado por Guillermo del Toro tras presentarse en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2014.

En los suburbios de Detroit está Lost River, un pueblo sobre el que ha caído una maldición y que esconde muy cerca otro igual oculto bajo las aguas. Billy, madre soltera, intenta sacar adelante a sus dos hijos y no perder la casa, a punto de ser embargada por el banco. El nuevo director de la entidad financiera le ofrece trabajo en un lugar misterioso, una especie de casino para “sadomasos” cuyo fin último es la prostitución “especializada y sofisticada”, edificado en medio de ninguna parte y cerca del pueblo cubierto por las aguas de la presa (“Cuando ocurren estas cosas, yo me presento, planto mi negocio y la gente, desesperada, acude”). Al mismo tiempo, Bones, el hijo adolescente, y su amiga Rat (pareja romántica de adolescentes, los únicos que parecen inocentes al margen de la perversión ambiental) se ayudan mutuamente a escapar de unos “monstruos” –personificados en los jóvenes ultraviolentos que dictan la ley en el suburbio y quieren monopolizar el “mercado del cobre” procedente de las casas abandonadas- y romper el maleficio que pesa sobre los habitantes del lugar, donde los acreedores queman las casas de los endeudados.

Estamos hablando de un cuento, una fantasía gótica con final relativamente feliz; aunque al final los principales personajes conservan la vida, no puede decirse que hayan quedado indemnes cuando desaparecen en la noche, en un mundo de ruinas calcinadas. Estamos hablando de un mundo de sombras (en el que los protagonistas no son los actores sino el pueblo fantasmal y el lago artificial) muy personal, de paisajes destruidos, de casas que son solo cimientos, de “seres humanos a los que han arrebatado todo y ahora se arrastran como zombis modernos” (Pierre Murat, Télérama).

«Yo soy canadiense –explicaba Gosling en una entrevista reciente- y en mi país tenemos una visión romántica de Estados Unidos. Sobre todo de Detroit, el lugar donde nació la Mowtown, el sueño americano. Cuando fui allí vi algo totalmente diferente de lo que había imaginado. Me encontré ese suburbio abandonado, de más de 60 kilómetros, en el que algunas familias luchaban por conservar sus casas mientras que a su alrededor todo estaba en ruinas y desaparecía poco a poco. Pasear por aquellos barrios tenía algo de surrealista, parece imposible que existan lugares así. Sus habitantes viven de tal modo que dan la impresión de ser los últimos humanos que quedan en la Tierra; ese lugar tiene algo que es como una quinta dimensión y también como un cuento de hadas. Entonces pensé que para contar lo mejor posible la historia de esa gente tenía que conseguir transmitir la emoción que había sentido. No he tratado de hacer una reconstrucción de la decadencia económica de Detroit, sino de contarla a través de los ojos de dos adolescentes que creen que existe una maldición sobre el lugar y que pueden romperla para conseguir una vida mejor”.



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