lunes, 6 de abril de 2015

Mortdecai: No basta con ser Johnny Deep



«¡Johnny Depp ha hecho tanto por nosotros! Ahora devolvámosle el favor y digamos que Mortdecai no ha existido nunca» (Elizabeth Weitzman, New York Daily Nouvelles).

En efecto, no basta con ser Johnny Deep (Piratas del Caribe) y estar acompañado en la pantalla por Gwyneth Paltrow (Shakespeare in Love) para que la película parezca alta comedia interpretada por David Niven y Deborah Kerr (o en su defecto Grace Kelly); ni basta ponerse en la piel de un aristócrata británico excéntrico para que el resultado se parezca al Peter Sellers de La Pantera Rosa (buscando una maja de Goya robada en lugar de diamantes).

Lamentablemente, Mortdecai (estrenada en otros países como Charlie Mortdecai), pese a su despliegue de actores cotizados y escenarios cosmopolitas es solo una previsible y fallida comedia sin pretensiones, que alterna momentos divertidos con lapsus de aburrimiento mortal, y en ocasiones roza el ridículo.

Lord Mortdecai (Johnny Deep, también productor, en un guión escrito para su lucimiento personal, que acaba rozando la caricatura) es un snob al que, por este orden, le gusta beber, su bigote, su mujer y su mayordomo, a la vez guardaespaldas, asesor, compañero de aventuras y sparring, interpretado por un Paul Bettany (Una mente maravillosa) que da mil vueltas al protagonista. También desfilan por la historia pesos pesados como Ewan McGregor (El escritor). Olivia Munn (Magic Mike), Oliver Platt (Amor y otras drogas) y Jeff Goldblum (El gran hotel Budapest), en papeles bastante tópicos.

Heredera de un género híbrido muy británico y nada fácil, la comedia policíaca, que cuenta con logradísimas realizaciones en su haber –Arsénico por compasión, OSS 117 y distintas apariciones de la ya mencionada Pantera Rosa- esta versión estadounidense de la especie, adaptación por el director David Koepp (La ventana secreta, Ghost Town, más conocido como guionista de La muerte os sienta tan bien, Men in Black 3, Angeles y demonios y algún Indiana Jones)  del primero de los volúmenes de la saga del novelista inglés Kyril Bonfiglioli, Don’t Point That Thing at Me, suena como una canción desentonada. Tanto, que alguna publicación estadounidense lo ha catalogado ya “como la peor película del año”. No diría yo tanto, hay mucho cine malo dando la vuelta al mundo.

Meses atrás, un museo español envió a Londres una pintura de Goya para que fuera restaurada. El cuadro, de gran dimensión y enorme valor, ha sido robado (se supone que, en el reverso de la tela que en su día fue robada por los nazis, Goering escribió los números de la cuenta corriente que en Suiza guarda intocada la fortuna del Tercer Reich). El historiador de arte Mortdecai, suficientemente excéntrico y a punto de ser declarado insolvente por sus deudas con el fisco, acepta la misión de ir a buscarlo a cambio de la recompensa. En su recorrido por distintas capitales europeas y americanas -en el que tiene que escapar de unos rusos muy brutos, unos asiáticos sádicos, algunos miembros del MI-5 y varios “amantes del arte” que persiguen hacerse con el cuadro a cualquier precio- le acompaña el fiel y musculoso mayordomo Jock mientras en la lujosa mansión británica espera Johanna, la rubia Paltrow, esposa del aristócrata, bastante sosa y con piernas interminables.

El fallo fundamental es del guión, la historia está mal contada, a los personajes les falta definición y la interminable discusión sobre el bigote se hace insoportable. Tampoco Johnny Deep ha sabido ponerse en el lugar, y sacar todo el jugo a Charlie Mortdecai.





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