jueves, 24 de julio de 2014

Las vidas de Grace (Short term 12), un condensado de emociones en torno a una adolescencia complicada




Algo tiene que tener una película que ha conseguido ganar el Premio del Público nada menos que en siete festivales internacionales, de Los Angeles a Gante y de Valladolid a Atenas. Algo que se llama humanidad, sensibilidad, capacidad de emocionar y además una buena factura. Todo esto, y alguna otra virtud más, lo encontramos en Las vidas de Grace (Short Term 12), del realizador hawaiano Destin Daniel Cretton, que se estrena en España el 25 de julio de 2014.

Interpretada brillantemente por Brie Larson (Grace), John Gallagher Jr (Mason) y el espléndido actor emergente Rami Malek en el papel de Nate (un naif universitario que ha cogido un año sabático para trabajar con “chicos desfavorecidos”), las vidas de Grace es un drama situado en un hogar de acogida para adolescentes difíciles que a la postre resultan bastante menos trastornados que los adultos que les han rechazado. Al frente de esa institución –que “no es ni una familia de acogida ni un centro terapéutico”- por la que pasan los chicos mientras les encuentran una ubicación definitiva, o en última instancia hasta la mayoría de edad, se encuentra Grace, una joven sensible y decidida que arrastra su propio pasado de adolescente víctima de malos tratos y abusos, y sabe como tratar las crisis de unos internos tan especiales.

Una historia que conjuga con brillantez la intimidad más personal con la esfera de las instituciones públicas lo que, unido a la magistral interpretación de sus principales protagonistas y la cuidada realización, la convierte en una película casi documental obligatoria para cinéfilos, sujetos sensibles y personas de buena voluntad, en una pequeña joya del cine independiente estadounidense.

El joven realizador de la película, una vez finalizados sus estudios trabajó como educador en un centro para adolescentes difíciles, que es lo mismo que decir adolescentes a quienes los adultos les han puesto las cosas difíciles: la experiencia, dice, cambió radicalmente su forma de ver la vida y de plantearse el futuro. Porque conoce perfectamente  lo que pasa en el interior de esos lugares, Destin Cretton ha sabido convertir este retrato de grupo en una narración muy sencilla y cargada de sensibilidad que funciona perfectamente, en la que se dramatiza lo justo sobre el pasado –en ocasiones muy atormentado- de unos chavales que, pese a sus pocos años, tienen el cuerpo y el alma marcados con cicatrices arrastradas desde la infancia y determinantes cuando comienzan a ser adultos.



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