martes, 3 de agosto de 2021

El dictador bielorruso Lukachenko quiere «inundar Europa de migrantes»


El reciente episodio de la atleta bielorrusa Krystsina Tsimanouskaya , a quien el gobierno polaco concedió un visado humanitario el domingo, 1 de agosto de 2021, para evitar que las autoridades olímpicas de su país la subieran a la fuerza a un avión de regreso, después de inscribirla en una prueba para la que no se había entrenado, no es más que el último episodio del enfrentamiento del dictador Alexandre Lukachenko con las autoridades de la Unión Europea, que comenzó en el pasado mes de mayo con la detención del periodista Roman Protassevitch en el aeropuerto de Minsk, y ha continuado en las últimas semanas con la llegada masiva de migrantes a través de la frontera entre Bielorrusia y Lituania.

« No es una crisis migratoria, es una agresión del régimen de Lukachenko ». La crónica del corresponsal en Bruselas del diario católico francés La Croix recoge esta declaración de la comisaria europea de Asuntos Internos, Ylva Johansson, durante su visira a Lituania el pasado lunes, 2 de agosto de 2021. Unas palabras que reflejan el apoyo de la Unión Europea a un país que, desde los primeros días de julio, está registrando una llegada masiva de migrantes –mayoritariamente iraquíes pero también de distintos países africanos- a través de la frontera con Bielorrusia.

El gobierno lituano acusa al régimen del presidente bielorruso, Alexandre Lukachenko, apodado “el último dictador europeo », de instrumentalizar la llegada de migrantes por millares para castigarle por apoyar a la oposición de Bielorrusia que reclama un cambio democrático en el país. “De una u otra manera, las instituciones del régimen de Minsk están tomando parte en este aflujo », ha dicho la primera ministra lituana, Ingrida Simonyte.   

El aumento de personas que en las última semanas franquean ilegalmente la frontera entre Bielorrusia y Lituania tiene su origen en la decisión adoptada a finales de mayor por los jefes de estado y de gobierno europeos de sancionar a personalidades y empresas bielorrusas tras el desvío de un avión de Ryanair a Minsk para detener al periodista opositor bielorruso Roman Protassevitch que viajaba a bordo junto con su novia, la estudiante Sofia Sapega.

Unas sanciones que se añadieron a las tomadas anteriormente como respuesta a la represión de las grandes manifestaciones  de agosto de 2020 contra la reelección del presidente Alexandre  Lukachenko, en el poder desde 1994, ganador de sucesivos comicios que no respetan los estándares internacionales y la comunidad internacional considera fraudulentos. Los del verano de 2020 fueron la gota que colmó el vaso, la oleada de contestación fue mayúscula y sin precedente en el país, y la respuesta del dictador la detención y encarcelamiento de la mayoría de los representantes de la oposición, entre ellos el más conocido,  Sergueï Tsikhanovski, reemplazada entonces al frente de la oposición por su esposa, Svetlana Tsikhanovskaïa, exiliada en Lituania, quien según fuentes no oficiales habría conseguido la mayoría de los votos aunque los resultados ofrecidos por las autoridades daban a Lukachenko el 80,23% de las papeletas y la posibilidad de iniciar el sexto mandato; un resultado contestado por la Unión Europea y muchos otros países.

La respuesta del dictador bielorruso a las sanciones ha sido la amenaza “de inundar la Unión Europea de drogas y migrantes” y parece que la está cumpliendo. Frente a los 74 migrantes que en 2020 cruzaron ilegalmente la frontera entre Bielorrusia y Lituania, en el pasado mes de julio ya lo habían hecho 3.882 lo que llevó a la Agencia europea de vigilancia de fronteras a anunciar, el pasado 30 de julio, el envío de 60 agentes más al lado lituano de  la frontera entre los dos países: 678 kilómetros de espesos bosques y escasos puestos de vigilancia.

Para las autoridades de Lituanoa –un país pequeño con menos de tres millones de habitantes- esta afluencia de migrantes es “una forma de guerra híbrida que lleva a cabo el gobierno de Minsk”. Según relatos de algunos de los migrantes que han pasado la frontera en las últimas semanas, regogidos en distintos medios internacionales, llegan al aeropuerto de Minsk desde Bagdad o cualquier otro paíss de Oriente Medio, pasan “algunos días en un hotel de la capital bielorrusa durante los cuales les confiscan el pasaporte, y después les llevan en un minibús hasta la frontera con Lituania, donde los guardias se hacen los desentendidos”.

 

 

 

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