viernes, 21 de diciembre de 2018

“Un asunto de familia” de Kore-eda Hirokazu, emotivo homenaje a los perdedores del neoliberalismo


Un fresco de dolores, expedientes, amargura y abandono, pero también de amor, con frecuencia difícil, penoso, complejo y a veces vibrante de calor como en este retrato de grupo marginal, refugiado durante un tiempo en lo que solemos definir como el ángulo muerto de la sociedad”.   (Cécile Mury, Télérama).

Palma de Oro en el Festival de Cannes 2018 y Premio Donostia en la última edición del Fesival de San Sebastían, “Un asunto de familia”, del realizador japonés Kore-eda Hirokazu  (“De tal padre, tal hijo”, “Nuestra hermana pequeña”), protagonizada por varios de los actores habituales em este director -Lily Franky, Sakura Ando, Kairi Jyo  y KiKi Kilim- apuesta por un nuevo modelo familiar.

El mejor Kore-eda, que siempre tiene a la familia en el centro de sus preocupaciones, nos plantea un asunto trascendental. “¿Qué es una familia? ¿Es posible elegir la familia? ¿Se puede inventar la familia?”. "Elegir la familia evita crearse falsas esperanzas”, es la respuesta que escuchamos a uno de los personajes de esta película discreta y emotiva que nos habla de un núcleo familiar enfrentado a la precarización de la clase trabajadora, de un pequeño clan que sobrevive en una gran ciudad de un país dominado por el consumismo, Japón en este caso pero podría ser casi cualquiera de los considerados del primer mundo. Una familia atípica que no tiene nada que ver con el ADN ni el estado civil de sus miembros. Un grupo de personas « feas, sucias y villanas » que desafían las fronteras de la moral y  más o menos se parecen bastante a la mayoría de nosotros, lo que nos obliga a quererles (eso que ahora se llama empatizar y está tan de moda).

Drama emocionante con final inesperado, “Un asunto de familia”  nos habla de Osamu y su hijo preadolescente Shota, quienes al regreso de una de sus expediciones al supermercado del barrio, para robar al descuido en sus estanterías, recogen en la calle a una niña hambrienta, Juri, que parece abandonada. La mujer de Osamu –que trabaja en una lavandería donde se queda con lo que sus clientes olvidan en los bolsillos-,  reticente al principio, acaba por aceptarla una vez que comprueba que sus pares la han maltratado; la pequeña está llena de cardenales y quemaduras. A pesar de su pobreza los miembros de esta familia –que sobreviven en el exiguo reducto de la casa de la abuela Hatsue gracias a su pensión, trabajos precarios y pequeños hurtos- parecen felices y son capaces de crear un ambiente cálido. Hasta que un incidente saca a la luz sus secretos.

La de “Un asunto de familia” –título que podría llevar casi cualquiera de las trece película realizadas por Kore-eda, auténtico especialista en relaciones humanas,  hasta la fecha- es una Palma de Oro merecida. Se trata de una película magnífica, tierna y muy especial, un retrato minucioso y completo de las relaciones familiares, con unos intérpretes formidables y algo muy importante que es característico en el que posiblemente es el mejor realizador actual: Kore-eda trata a los niños como personas, con esa madurez precoz que recuerda algunas de las mejores secuencias del neorrealismo italiano de mediados del siglo XX (De Sica o Monicelli, por ejemplo).





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