viernes, 21 de junio de 2019

Mentiras de patas cortas


Diego: Mentir es siempre una tontería
Nada: No, es una política” (Albert Camus, L’Êtat de siège)

Albert Rivera
No sabemos como ha ocurrido, pero el hecho de que en España los adversarios políticos se hayan convertido en enemigos está perjudicando, y de qué manera, a esta democracia nuestra indefensa ante tanto ataque, y especialmente ante las mentiras que parece  vamos asumiendo como inevitables.

Los políticos mienten, todos, sin excepción. Lo sabemos nosotros y no lo esconden ellos. Mienten con la desfachatez de quienes se creen por encima del bien y del mal, a salvo de cualquier juicio. Mienten como si ignoraran que la tecnología va en su contra y la mentira de hoy queda registrada por los siglos de los siglos, y que siempre aparecerá algún ciudadano honesto que se la arrojará a la cara en el momento más inesperado, sin otro objetivo que el restablecimiento de la verdad.

Aunque hay veces que ni siquiera da tiempo a llegar  al momento histórico de la revancha. Eso es lo que le ha ocurrido ayer, 20 de junio de 2019, a Albert Rivera, uno de los especialistas patrios en el arte de la mentira –y también en el del patrioterismo de baja estofa, en la generación de odios entre culturas y en la devoción al gimnasio-, cuando de paso por Bruselas se le llenó la boca respondiendo a los micrófonos volantes de las televisiones, y después de retomar el viejo discurso de la infamia contra Pedro Sánchez  aseguró que  “Macron y su gobierno” (textual) le habían felicitado por la machada de pactar con la ultraderecha en Andalucía.

Rivera mintió sin atenuantes y, antes de que terminara la frase en una acera de Bruselas el Elyseo se estremecía en París. “Macron y su gobierno” se dejaron el postre sin terminar para responder categóricamente y con cierta cara de asco a los cuatro vientos, y a los cientos de agencias, periódicos, radios y televisiones europeos  que nunca, “ni en público ni en privado”, habían hecho tal cosa.

Tras un ridículo internacional de tamaña envergadura, Rivera –al que los italianos considerarían un “buono per nulla” y yo califico de rabioso, maleducado e impresentable, con un futuro político más que dudoso pese a los apoyos, cada vez menores, del empresariado de todos los colores, pero mayoritariamente azul tirando a rojo y gualda-, Rivera, digo, se la envainó haciendo uno de sus repetidos y vergonzantes mutis, y fueron los portavoces de su partido quienes se encargaron de la operación “sacar la pata”. Naturalmente, mintiendo de nuevo, y recurriendo a la vieja añagaza de “donde dije Diego digo digo”.

Ayer fue un día pródigo en mentiras cara al público, en vivo y en directo. Presenciamos las de Cospedal y Bárcenas ante los tribunales, las del ínclito Camps a un paso del banquillo, las de varias portavoces (¿o portavozas?) del gobierno en funciones explicando lo inexplicable de las negociaciones con Podemas y Podemos…

Esto del arte de la mentira política viene de lejos. En 1733 –casi tres siglos ya- con ese mismo título se publicó un panfleto satírico atribuido a Jonathan Swift  (aunque parece ser que el autor es un tal John Arbuthnot)  que, por cierto,  fue más o menos pionero de eso que ahora llamamos crowdfunding,  porque lo que se publicó fue un primer volumen de varios (sin precisar) junto con el anuncio de una suscripción para los siguientes.

En el segundo capítulo, de los once de que consta el libro, el autor define la mentira en política como “el arte de convencer al pueblo”.  Recordemos que se trata de una sátira aunque políticos como Albert Rivera creen a pie juntillas que mintiendo pueden convencer a alguien. Por si les es de alguna utilidad, he aquí algunos consejos del libro para los fabricantes de mentiras: sustraer las mentiras a cualquier tipo de verificación, no rebasar los límites de lo verosímil y crear una “sociedad de mentirosos” para racionalizar la producción de mentiras políticas.  A Rivera solo le queda redactar los estatutos.


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