miércoles, 5 de octubre de 2016

Viaje a Italia: arquetipos y tópicos que siguen funcionando en la ficción, y en la vida real


Presentada en 2014 en el Festival de Sundance, la película “Viaje a Italia” (The trip to Italy) de Michael Winterbottom (Wonderland, Welcome to Sarajevo, Un verano italiano) está sacada de la segunda temporada de la serie “The trip”, dirigida por el mismo realizador y emitida por la BBC en 2014.

“Como si se tratara de una promoción del Ministerio de Turismo” (Cristiano de Majo, Rivista Studio, julio 2015), dos amigos -los comediantes Steve Coogan y Rob Brydon, interpretándose a sí mismos- se lanzan en un Mini Cooper descapotable a un viaje gastronómico que recorre Liguria, Roma, Capri y Ravello. La excusa en la ficción es un encargo del diario The Observer para que sigan la ruta que, a comienzos de 1800, efectuaron los poetas ingleses Lord Byron y Percy Shelley.

“Se puede extraer una consideración general: la ritualización de los viajes de Goethe, Walter Benjamin o Henry James (…) que han cristalizado la imagen literaria de Italia en el extranjero, hoy tiene como protagonista absoluta a la comida, la auténtica marca de fábrica global de la cultura italiana” y, en el fondo, el elemento que ha evolucionado más en un trasfondo inmutable. Porque el paisaje, las bellezas arquitectónicas y artísticas han permanecido invariables, como decía Henry James escribiendo sobre Venecia: “Será un día muy triste aquel en que se pueda decir algo nuevo de Venecia”.

Sin embargo, puede que hoy haya cosas nuevas que decir sobre Venecia, Roma o Nápoles, “pero los extranjeros prefieren no saberlo y los comerciantes han terminado por dar al cliente lo que pide”. Y puede también que los italianos hayan contribuido, y no poco, a afianzar esa imagen de país inalterable.

Resumiendo, que “Viaje a Italia” es una película que muestra cómo ven los ingleses el país al que están viajando desde principios del siglo XIX, o al menos como querrían que fuera. La mayoría de las secuencias suceden en restaurantes y hoteles exclusivos (menús de 140 euros, habitaciones de hasta 700 euros la noche), mientras que los diálogos cruzados entre los dos protagonistas se componen de chistes sobre actores, ingleses y estadounidenses (Michael Caine, Roger Moore, Al Pacino o Marlon Brando en “El padrino”), de los que imitan las voces y los latiguillos. Un humor casi desesperado. También hablan de la vida, el amor, la salud (parece que algo precaria la de ambos), el trabajo y el exilio, y se detienen en Byron y Shelley, los dos poetas románticos cuyas vidas estuvieron marcadas por su encuentro con Italia.

En el transcurso de la película se dice que el viaje debía incluir también Sicilia, pero que al final se suspendió esa parte: “Se sospecha -he leído en una página de Internet- que la Film Comission siciliana no quiso contribuir a los gastos del rodaje como habrían hecho las de Liguria, Toscana, Roma, Campania y Piamonte”.

La comida es la principal atracción con, por ejemplo, los protagonistas devorando seis platos de degustación y un almuerzo en seis restaurantes diversos que “más que comida parecen cuadros de ‘alta cocina’ que poco tienen que ver con el sabor de los platos tradicionales. El título de la película podría haber sido muy bien ‘Viaje a Italia con la Guía Michelin”.





De todas maneras, la conjugación de vacaciones en Italia (el sur, no se olvide) y deseos inconfesados a flor de piel es un tema recurrente de la literatura y el cine, que siempre da juego: una tarde de agosto y un camino que desciende hasta el mar insoportablemente azul, la roca gris que hace de farallón de la costa, el olor espeso del agua, los mariscos… una fusión teóricamente erótica nacida del romanticismo ( Daniel Defoe escribía: “La lujuria ha elegido la tórrida tierra de Italia/ donde la sangre fermenta…”) y prolongada dos siglos más tarde en películas (“Té con Mussolini”) y canciones(“…sapore di sale, sapore di mare, sapore di te”. Gino Paoli, 1963, RCA 45 revoluciones).

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