martes, 15 de marzo de 2016

El regalo, un obsequio envenenado


“Quizá tú has terminado con tu pasado, pero tu pasado no ha terminado contigo” (refrán)

Debut en la dirección del actor, productor y guionista australiano Joel Edgerton (El gran Gatsby, Black Mass) “El regalo” -un thriller desigual con momentos brillantes- le valió el premio al Mejor Actor en el Festival de Sitges 2015. Le acompañan en el reparto Jason Bateman (Hancock, Juno) y Rebecca Hall (Vicy Cristina Barcelona, Iron Man 3).

Apenas llegado a Los Angeles desde Chicago, contratado por una empresa de éxito dirigida por “jóvenes que son multimillonarios desde la adolescencia”, Simon (Jason Bateman) , un ejecutivo agresivo y arribista, compra una casa espectacular, literalmente una “casa de cristal” y, cuando se encuentra de compras con su esposa Robyn (Rebecca Hall), encuentra por casualidad a Gordon (Joel Edgerton) -“Gordo”- un antiguo compañero de colegio, solitario y con un comportamiento harto extraño, que empieza a entrometerse en la vida de la pareja apareciendo en los momentos menos pensados y dejándoles regalos, hasta invadir el espacio más personal y convertirse en una imposición en sus vidas.

Tanto las visitas intempestivas, como los paquetes con lazo y las cartas que les acompañan, poco a poco empiezan a ser inquietantes y la presencia de Gordo amenazante. A medida que aumentan los indicios, Robyn comprende que su marido le está ocultando algo del pasado relacionado precisamente con Gordo. Hay que esperar hasta el final de las casi dos horas de película para saber y entender casi todo.

Siempre que veo películas de este tipo me pregunto por qué los personajes de ficción -en literatura como en cine- se empeñan en seguir viviendo en lugares que les aterrorizan; lo mismo que me pregunto por qué la víctima nunca enciende una luz cuando el asesino le persigue por una mansión a oscuras. Resumiendo, que se entiende mal por qué Robyn -que es quien pasa más tiempo sola en la casa, ergo quien más sufre las apariciones inesperadas de Gordo y sus regalos, y teniendo en cuenta que ella “sigue trabajando en su empresa por Internet”- no ha cogido una mochila y se ha vuelto a Chicago.


“El regalo” no es una historia de horror -no hay sangre, no hay escenas desagradables ni violentas- sino de pesadilla, de una venganza servida bien fría. Una película en la que las cosas no son los que parecen, sombría e inquietante, que recupera un personaje del que frecuentemente hablan los adolescentes en las series estadounidenses (lo que no significa que no exista en otras latitudes): el abusón escolar al que temen, y del que guardan un pésimo recuerdo, todos sus compañeros. Los años pasan pero el individuo en cuestión será siempre el mismo en el recuerdo (en caso de que para entonces no se haya transformado en psicópata).

Más allá del suspense (¿homenaje a Hitchcock en una escena de ducha?), “El regalo” reflexiona sobre las apariencias y los prejuicios sociales, las máscaras y las distintas vidas de cada uno.

 


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