domingo, 6 de noviembre de 2016

Los chats más seguros


Jan Koum, uno de los fundadores de "wasap"
“La criptografía es una cuestión de derechos humanos” escribe el periodista Philip Di Salvo en el digital Wird.it, “y las empresas que trabajan en el desarrollo de aplicaciones de mensajería instantánea se mueven en un sector que no puede situar en segundo plano las libertades civiles y la seguridad de los usuarios”.

Las anteriores afirmaciones están motivadas por la publicación, el 21 de octubre de 2016, de un informe de Amnistía Internacional (AI) titulado “For your eyes only?”, centrado en la fiabilidad en términos de respeto de la “privacy” de las aplicaciones más populares.

AI se ha basado, para establecer la clasificación, en los resultados de las empresas en cinco cuestiones fundamentales: el reconocimiento efectivo de las amenazas que existen online a la privacidad y a la seguridad, considerándolas riesgos para los usuarios; la aplicación del encriptado de “default”; la comunicación de las amenazas a los usuarios y la explicitación del uso de la criptografía como respuesta; y la publicación de los detalles de los datos entregados a los gobiernos, así como la de los detalles técnicos de los estándares de seguridad adoptados.

La asociación internacional humanitaria ha establecido un baremo de las 11 empresas más o menos eficientes “sobre la base de la respuesta a sus responsabilidades en materia de derechos humanos, y en el modo en que usan la criptografía para proteger la seguridad de sus usuarios. De acuerdo con esta clasificación, las aplicaciones de Facebook (WhatsApp y Messenger, 73 puntos sobre un total de 100) son las más fiables, seguidas de las de Apple (iMessage y Facetime, 67de 100), Telegram (67 de 100) y por último los servicios de Google (Allo, Hangouts y Duo, 53 sobre 100). Las plataformas que alcanzan los peores resultados son las de Microsoft (Skype, 40 sobre 100), Snapchat (26 sobre 100), Blackberry (20 sobre 100) y Tencent (QQ y eChat, que están en 0 puntos sobre 100; o lo que es igual, nula fiabilidd). En el estudio, en puestos intermedios, aparecen también Viber, Kakao Inc y Line.

Preguntado sobre asunto de la privacidad online, Jan Koum, uno de los fundadores de WhatsApp, responde: “Nadie puede acceder a vuestras conversaciones”. Y después explica las razones, más bien la exigencia, de crear esta mensajería: “Crecí en Ucrania, en los años en que la comunicación era un lujo. Cuando llegaron los primeros teléfonos móviles eran muy caros, y las infraestructuras muy escasas. No era ningún misterio que escuchaban y controlaban las conversaciones Por eso, era importante para mí construir una herramienta que nos consintiera comunicarnos cuando quisiéramos, y que estuviera disponible para todo el mundo”.

sábado, 5 de noviembre de 2016

En 40 años han desaparecido más de la mitad de los vertebrados


En un amplio informe sobre la salud de la tierra y de su biodiversidad titulado “Planeta vivo”, elaborado por decimoprimer año consecutivo por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), se asegura que más de la mitad de los vertebrados han desaparecido en los últimos cuarenta años, según cuenta Audrey Garric, adjunta a la sección Planeta/Ciencias del Mundo del diario francés Le Monde. El estudio no se ha ocupado de los invertebrados.

«En todas partes los ecosistemas están amenazados y nada parece poder detener la tendencia. Las presiones humanas sobre el medio ambiente no cesan de agravarse. El estudio, llevado a cabo durante dos años en colaboración con la sociedad Zoological Society of London y la ONG Global Footprint Network se basa principalmente en dos indicadores”, ambos en rojo.

El primero de esos indicadores mide la abundancia de la biodiversidad a partir del seguimiento de 14.152 poblaciones (grupo de animales en un territorio determinado) pertenecientes a 3.706 especies vertebradas de mamíferos, aves, reptiles anfibios y peces, y se centra en la evolución de sus efectivos a lo largo del tiempo. Y hay que decir que existe una neta tendencia a la regresión. La población de vertebrados ha caído en un 58% entre 1970 y 2012, siendo los más afectados los animales que viven en agua dulce, con una caída del 81% en el mismo período, frente a las especies terrestres (38%) y a las marinas (36%). “Si nada cambia, para 2020 esas poblaciones podrían haber disminuido en dos tercios (67%), en el espacio de tan solo medio siglo”.

Unas cifras que para Pascal Confin, director general de WWF Francia, “materializan la sexta extinción de las especies: una desaparición de vida en el planeta de que, en parte, todos somos responsables”, debida principalmente a la degradación del hábitat, la explotación forestal, la agricultura intensiva, la urbanización y las extracciones mineras, aunque también a la sobreexplotación de las especies (caza, furtivos), la contaminación, las especies invasivas, las enfermedades y, en último lugar, el cambio climático.

“La agricultura, que sigue ocupando un tercio de la superficie total de la tierra, es la causa del 80% de la deforestación mundial y consume el 70% del agua”, según Arnaud Gauffier, responsable del programa de agricultura de WWF Francia.

El segundo indicador en que se basa el informe “Planeta vivo” es la “huella ecológica”, que mide la presión que ejerce el hombre sobre la naturaleza, calculando las superficies terrestres y marítimas necesarias para producir cada año los bienes y servicios que consumimos (alimentos, combustibles, construcciones) y absorber la basura que generamos (en especial las emisiones de CO2), comparándolas después con la biocapacidad de la tierra, es decir la superficie disponible.

«En 2012, la huella ecológica de la humanidad alcanzaba 20,1 miles de millones de hectáreas globales, excediendo ampliamente (en un 61%) la biocapacidad de la tierra (…) Al final de aquel año, la humanidad había utilizado el equivalente a 1,6 planetas para vivir, gastando su ‘capital natural’ (…) la mayor parte de este sobreconsumo hay que imputarlo a las emisiones de CO2, en su mayor parte a la combustión de energías fósiles (carbón, petróleo y gas natural)”.

La autora del artículo explica que esta «desviación ecológica», que se está produciendo desde el comienzo de la década de 1970, se debe a que cortamos árboles a un ritmo superior al de su crecimiento, pescamos más peces en los océanos de los que nacen cada año y arrojamos a la atmósfera más carbono del que los bosques y los mares pueden absorber.

El “día de la desviación”, fecha en que la humanidad ha consumido todos los recursos que la tierra produce en un año, cada vez se adelanta más: en 2016 ha sido el 8 de agosto, mientras que en 1992 fue el 14 de octubre y, en 1986, el 1 de noviembre. “A este ritmo, en 2050, con una población mundial que rozará los diez mil millones de personas, necesitaremos 2 planetas”.

Globalmente, los países que ejercen mayor presión sobre los ecosistemas son los que emiten más CO2: China, Estados Unidos, India, Rusia y Japón; entre los cinco alcanzan la mitad de la huella ecológica mundial. “Pero, si el índice se establece por habitante, los países con rentas más elevadas son los que más incumplen con Luxemburgo a la cabeza, seguido de Australia, Estados Unidos, Canadá y Singapur (sin tener en cuenta a los países del Golfo, considerados entre los más contaminantes, cuyas cifras no figuran en el informe).

viernes, 4 de noviembre de 2016

Popov: muere el último de los grandes payasos rusos

En un tiempo tan “raro” como este, cuando los payasos dan miedo (el cine de Hollywood y las series tiene mucho que ver en esta percepción) y hay tipos que utilizan el rostro de un payaso para denunciar corrupciones políticas o manejos empresariales, acaba de morir Popov, este 3 de noviembre de 2016, el más antiguo de los clowns que, a los 86 años, seguía en ejercicio.

Oleg Popov ha sufrido una parada cardiaca en el hotel, mientras se encontraba de gira en Rostov sobre el Don, en el sur de Rusia, según ha declarado el director del circo donde tenía que actuar a la agencia RIA Novosti. El cadáver de uno de los más célebres payasos del siglo XX será trasladado a Alemania, donde Popov vivía con su familia desde el hundimiento de la URSS.

Estoy segura de haber visto alguna vez actuar a Popov en el Circo Price (para los que han nacido en democracia, era un local fantástico, que siempre olía a ozonopino y ocupaba el lugar donde ahora se encuentra el Ministerio de Cultura, en la madrileña calle Barquillo). Lo mismo que puedo presumir de haber visto allí a las más importantes sagas de “tontos” y “listos” -casi siempre familia-, los mejores equilibristas, las envidiadas trapecistas y las interminables filas de chinos y chinas jugando con un yo-yo, o en su defecto con un platillo sostenido precariamente en lo alto de un palo larguísimo.

Eran los tiempos en los que el circo contaba también con números de animales -perros saltadores, monos que subían a la primera fila de espectadores, tigres amenazadores, leones medio adormilados y elefantes que paseaban a una señorita en biquini enroscada en la trompa-, alguien que tocaba una trompeta o un violín (muchas veces, los propios payasos) y un señor con bigote, sombrero de copa y chaqueta roja con alamares que anunciaba los números.

Tengo muy buenos recuerdos del circo, unidos en algunos casos a la Asociación de la Prensa de la época, que también era distinta de la actual y regalaba entradas para el circo a los hijos de los asociados, la víspera de Reyes. Para ser totalmente justa, debo decir que también nos regalaba un juguete.

Tengo buenos recuerdos de aquellas tardes con olor a desinfectante, vendedoras de “patatas fritas, chocolatinas y caramelos”, y espectáculo de saltimbanquis y payasos. A mí nunca me han dado miedo los clowns y siempre me ha conmovida esa historia repetida hasta la saciedad del payaso que llora por dentro mientras hace reír en la pista. Los payasos eran una de las cosas que nos hacían felices en aquella infancia de posguerra.

Ahora se acaba de morir Popov, probablemente el último de los clásicos. Nacido en Moscú en una familia modesta, a los 14 años entró en la Escuela de circo, donde se inició aprendiendo a hacer juegos malabares caminando sobre una cuerda. A los 19 era ya un payaso de la Compañía Estatal del Circo que consiguió sus primeros laureles al tener que sustituir al clown principal, enfermo.

El Gran Circo de Moscú, con el que consiguió sus mayores éxitos ha saludado su memoria de “payaso excéntrico” y recordado su “inestimable contribución a la historia del arte “clownesco”, tanto ruso como mundial”.

"¡Gracias Jefe!": "frites", cerveza y solidaridad

“Somos más fuertes de lo que piensan y ellos son más frágiles de lo que creemos”.

En su primera incursión en el mundo del cine, el periodista francés François Ruffin ha hecho un documental que es una divertida sátira social, en la que denuncia las prácticas de la primera fortuna de Francia, el magnate Bernard Arnault, dueño de LVMH (Louis Vuitton Moët Hennessy), un conglomerado multinacional dueño de más de 60 marcas de moda altamente reconocidas. Sus ansias de poder le llevaron a solicitar la nacionalidad belga y enviar parte del capital a Bélgica, y a deslocalizar sus fábricas de Dior y Givenchy a Europa del este, dejando a miles de personas sin empleo.

Con “¡Gracias Jefe!” (Merci patron, título también de una canción de 1972, interpretada por el grupo Les Charlots, que hace de banda sonora), François Ruffin ha conseguido una obra maestra en su género de documental político, con una historia que empieza de manera muy simple y termina dando vértigo: “una bomba de compromiso, civismo, malicia y también, lo más sorprendente, de personalidad cinematográfica”. No solamente “gracias”: un “bravo” admirativo, agradecido y emocionado» (VSD). Una película inteligente y eficaz en la que junto a la reflexión social, “irrefutable y justa”, encontramos también una dimensión gozosa en la victoria inesperada del trabajador frente al empresario, narrada desde un humor muy en la línea de un Michael Moore, cineasta al que el autor admira. “¡Gracias Jefe!” pone el cine al servicio de una lucha local y de la lucha de clases en general.

Estrenado en Francia en febrero de 2016, tras unos meses de censura en el canal Europe 1, el documental de Ruffin, un divertido y extravagante periodista creador y redactor jefe de la revista satírica “Fakir”, un “periódico enfadado con todo el mundo o casi” que se edita en Amiens -cuyos suscriptores han financiado la película a través de un outsourcing-, es un “Robin Hood del siglo XXI” que ha conseguido hacer “una fiesta del espíritu así como un triunfo de la fraternidad sobre el dinero”.

Los protagonistas, Serge y Jocelyne Klur, una pareja de parados del Norte francés, donde el Hexágono linda con Bélgica y se habla ese dialecto tan chocante que hemos visto en películas como “Benvenidos al Norte“ (Bienvenus chez les ch’tis), viven con dificultades desde el cierre de la fábrica ECCE en Poix-du-Nord, cerca de Valenciennes, que fabricaba la ropa de la firma Kenzo. Los Klur, amenazados de desahucio porque con sus 400 euros mensuales de paro no pueden pagar la hipoteca de la casa, encuentran ayuda en el divertido periodista, al que conocen por medio de su antigua delegada sindical.

Entre todos señalan al culpable de la situación: Bernard Arnault, propietario del grupo de lujo LVMH, al que pertenece Kenzo. Si los Klur se encuentran en esa situación la culpa es de la primera fortuna de Francia (34.000 millones en 2015, según Challenges), que ha optado por deslocalizar sus fábricas en Polonia y Bulgaria, donde los salarios son más bajos que en Francia. Los Klur necesitan unos cuantos miles de euros, para pagar las deudas y su vida cotidiana, y un contrato indefinido donde sea. Ruffin va a hacer todo lo posible para conseguir ambas cosas, y de paso contar al mundo la historia de esta pareja que se parece muchísimo a la de otras muchas familias, francesas y europeas.

En su cruzada humorística Ruffin, disfrazado, con cambios de identidad y cámara escondida, pasa por ser el hijo de los Klur que defiende los intereses de sus padres y acompañado por “un inspector de impuestos belga, una camarada “roja”, la delegada del sindicato CGT y unos cuantos antiguos vendedores del gran almacén La Samaritaine”, defenderá la causa de los Klur en la asamblea general de accionistas de LVMH (a la que previamente ha hecho llegar amenazas de la presencia de los despedidos de neumáticos Good Year que, en aquellos momentos, ocupaban las autopistas francesas quemando caucho, así como de Jean-Luc Mélenchon, líder de la izquierda extraparlamentaria). Ante el espectro de la mediatización del caso, Arnault cede, la pareja recibe 40.000 euros de indemnización y el marido encuentra un empleo con contrato indefinido en Carrefour. Todos -el realizador, los Klur, su hijo auténtico, los compañeros de la fábrica desmantelada, el falso inspector, la falsa delegada sindical…-celebran la victoria con cerveza, luciendo camisetas con la leyenda “I love Bernard”.

Autor del libro “Los soldaditos del periodismo” (Les petits Soldats du journalisme), colaborador de Le Monde diplomatique y durante mucho tiempo reportero del programa “Lá-bas si j’y suis” en France Inter, François Ruffin no se considera un realizador -“He hecho una película por casualidad”-, pero sí un alumno de Michael Moore: “He aprendido inglés con sus películas”. Conocía de años atrás a la pareja de los Klur, que habían aparecido en anteriores reportajes suyos.