Seis músicos y cantantes, entre ellos
Bob Dylan, han grabado un álbum con otras tantas canciones en homenaje a la
comunidad LGTBIQ.
Las seis canciones de amor que
contiene “Universal Love”, título del álbum, y que están destinadas“a animar bodas gay”, son versiones de temas
conocidos a los que se ha cambiado el género que sus protagonistas tenían
inicialmente. Así, Bob Dylan, ha transformado“She’s Funny That Way”,de Frank Sinatra, en “He’s Funny That Way”, y
“I Need a Man to Love”, de Janis Joplin, ha pasado a ser “I Need A Woman To
Love” en la versión de Kesha; los demás intérpretes del álbum han versionado a
los Beatles (“And I Love Her” es “And I Love Him” en la voz de Ben Gibbard del
grupo Death Cab for Cutie), el vocalista Kele Okerele, de Bloc Party, ha
transformado “My Girl”, de The Temptations en “my Guy”, “Then He Kissed Me”, de The
Crystals, cantado por St. Vincent es “Then She Kissed Me”, y “Mad About The
Boy”, de Dinah Washington, se llama “Mad
About The Girl” en la interpretación de Valerie June.
La intención de este EP, según ha dicho su productor ejecutivo
Rob Kaplan al periódico New York Times,
es que funcione como una recopilación de himnos para bodas de parejas del mismo
sexo y todo tipo de uniones no heterosexuales. “Si miras la historia de la
música pop, las canciones de amor vienen predominantemente desde una
perspectiva heterosexual. Si nosotros vemos la música como algo que une a la
gente, ¿no deberían las canciones populares ser para todos?”, ha añadido el coproductor
Tom Murphy.
En “Marea
Humana” (Human Flow), el artista y activista chino Ai Weiwei analiza la crisis global de los refugiados a través de
grabaciones y entrevistas en 22 países: Afganistán, Bangladesh, Francia,
Grecia, Alemania, Hungría, Irak, Israel, Italia, Jordania, Kenia, Líbano,
Macedonia, Malasia, México, Pakistán, Palestina, Serbia, Suiza, Siria,
Tailandia y Turquía, donde ha convivido con comunidades de inmigrantes y ha recogido
sus experiencias.
Tras pasar por la Mostra de Venecia
2017 y el Festival de Telluride, el documental fue galardonado en la 62 edición
de la Seminci de Valladolid con la Mención Especial del Jurado.
Según
el propio Weiwei, la
película es, al mismo tiempo, un intento por entender las condiciones de la
humanidad en nuestros días y un viaje personal ya que se trata de un tema que
le afecta muy directamente: en 1961, tuvo que huir de Pekín con su familia una
vez que su padre, el poeta Ai Qing, reputado intelectual y compañero de Mao en
la Campaña de las Cien Flores, cayó en desgracia, fue acusado de “deriva
derechista” y condenado al exilio y la “reeducación” en una región alejada de
la capital, donde se vio obligado a trabajar limpiando las letrinas públicas.
Ai Weiwei no regresó a Pekín hasta después de la muerte de Mao Zedong.
“Poner
cara ala crisis migratoria”. Este ha
sido el objetivo del artista contemporáneo polifacético (pintor, escultor,
arquitecto, fotógrafo, cineasta…) Ai Weiwei, en su personal homenaje a los más
de 65 millones de personas que en los últimos años se han visto obligados a
abandonar sus hogares para huir de la hambruna, los conflictos militares y el
cambio climático. Un flujo migratorio impresionante, la marea humana más
importante después de la Segunda Guerra mundial, que afecta a todos los países
del globo. Ai Weiwei ha estado con los hombres y las mujeres que se encuentras
detrás de las cifras.
Para
encontrarse con quienes arriesgan su vida, cuando ya han perdido todo, incluso
la esperanza,para conseguir una
existencia mejor, Ai Weiwei ha recorrido el globo cámara en mano, intentando
humanizar una crisis que, por su envergadura, se ha vuelto demasiado abstracta.
El resultado es una película documental desigual, porque está rodada en
circunstancias, lugares y situaciones muy diversas, y con hasta doce operadores
de cámara diferentes, pero realmente impactante y espero que eficaz. Una
aproximación al dolor de las personas, solo eso, sin banderas ni estandartes
políticos, apoyado en entrevistas con quienes huyen y con los responsables de
organizaciones humanitarias que intentan ayudarles, en la medida de lo posible.
“Marea humana” no es una película de
entretenimiento. Los hechos que relata –de Lesbos a Macedonia,al estrecho de Calais, a Gaza, México,
Berlín, Jordania, Hungría y la frontera
de Bangladesh- se ven avalados por los barcos que llegan sin cesar a las
orillas de los mares cargados con personas desgraciadas que han dejado atrás su
vida. Como ha escrito el diario británico The Guardian, Ai Weiwei ha hecho más
un poema que una narración tradicional, en el que se mezclan titulares y
estadísticas con citas de poetas y de diversas religiones: “Por venir de
alguien que pasó su infancia como persona desplazada durante la Revolución
Cultural china, no es ninguna sorpresa que en su película haya tantos momentos
de empatía”.
Más artista global que cineasta, Ai
Weiwei ha realzado una obra conceptual en imágenes, un documental militante que
plasma el fenómeno que ha llevado a más de 60 millones de personas, y entre
ellas un alto porcentaje de niños, a
convertirse en “desplazados”, en una “humanidad precaria, privada de intimidad,
desesperada, humillada, que vive de expedientes y de deshechos a las puertas de
las democracias, en campamentos de fortuna. Una humanidad de papeles y cajas de
cartón, de lonas remendadas y plásticos viejos (…) recordándonos que una
injusticia sangrante, una inopia terribley una rabia sorda están llamando a nuestras puertas” (Le Monde).
No es la
primera vez que Ai Weiwei dedica una obra a los migrantes y refugiados. En
2016construyó una colorida colección de
lotos flotantes en una fuente de los Jardines de Belbedere, en Viena, formados por
chalecos salvavidas. La obra, llamada Flotus, estaba compuesta por 1.005
chalecos para recordar a los miles abandonados por los refugiados cuando
desembarcaban, entonces, en la isla de Lesbos y que, según el artista, en las
playas y en los basureros formaban “como un paisaje”.
Lensa Lelisa Tufa, una
empleada doméstica de 21 años y origen etíope, se rompió las dos piernas el
pasado 11 de marzo de 2018 al saltar desde un segundo piso en el intento de
huir de la familia con la que vivía en Beirut, la capital libanesa, según
denuncia el periodista Hassan Chamoun en el digital Global Voices en su edición
francesa.
Lensa Leila Tufa es una
víctima más de la “kafala”, o sistema de apadrinamiento, al que está sometida
una legión de trabajadoresdomésticos
inmigrantes en Líbano, obligados a viviry trabajar en condiciones realmente penosas bajo ese régimen, en vigor
en distintos países árabes y de Oriente próximo, que no es otra cosa que un
sistema de control, una manera de que los estados deleguen la supervisión y
responsabilidad de los migrantes en manos de ciudadanos y compañías privadas,
los “padrinos”, que disponen de competencias jurídicas para controlarles: sin
su permiso no pueden cambiar de trabajo ni intentar abandonar el país, entre
otras cosas, porque pueden privarles del visado de residencia convirtiéndoles
en el acto en personas ilegales, que irán a parar a la cárcel y finalmente
serán expulsadas a la fuerza.
Lensa Lelisa Tufa se había puesto de acuerdo con un
compañera para huir de la casa de sus patronos el pasado 11 de marzo. En el
último momento, la otra joven se echó atrás y Lensa fue la única que saltó
desde el balcón. En el hospital, y ayudada por su tía Ganeth, grabó un vídeo de
5 minutos, en lengua amarica y subtitulado en inglés, que el 26de marzo apareció en la página de Facebook de
“This is Lebanon” (Es Líbano), un colectivo que se dedica a contar los abusos
que sufren los empleados domésticos en el país.
En el vídeo, Lensa cuenta: “…me maltrataron desde el
primer momento (…) me torturaban y yo no podía hacer nada para escapar. Todos
los días me pegaban con un cable eléctrico, me arrastraban por el pelo,
golpeaban mi cabeza contra la pared, me apretaban sobre los ojos con los dedos
(…) Eran cuatro personas las que nos maltrataban… ».
Esas personas que torturaban a Lensa poseen una
empresa de alta costura llamada « Eleanor Couture » en Jdeideh, al
norte del Gran Beirut, frente a la cual se manifestaron cerca de cuarenta
activistasdel colectivo de “This is
Lebanon”. Según la periodista libanesa Anne-Marie El Hage, que ha seguido el
caso en el diario francófono “L’Orient Le
Jour”, al principio no dejaban que la tía visitara a Lensa en el hospital,
solo la presión de las redes sociales lo consiguió tras pasar varios días.
En numerosas ocasiones, los
trabajadores domésticos inmigrantes han pedido la abolición de la “kafala” en
Líbano y la ratificación de la convención 189 de la Organización Mundial del
trabajo, que define el respeto de los derechos humanos en los trabajadores
domésticos.
Siempre según Global Voices,
que cita estadísticas de la Agencia de Inteligencia libanesa conseguidas por la
Agencia Humanitaria de Análisis e Información (IRIN), cada semana mueren en
Líbano dos trabajadores domésticos inmigrantes.
Más de 3.000 trabajadores de Google (de
los 70.000 que tiene la empresa en todo el mundo) se niegan a participar en un
proyecto militar de drones, según la información publicada en L’Obs por el periodista Thierry
Noisette.
En marzo de 2018, la transnacional Google
anunció la firma de un proyecto con el Pentágono, llamado “Maven”. Estos
empleados, entre los que figuran varias decenas de ingenieros, han dirigido una
carta abierta en Pdf a su Drector general, Sundar Pichai, pidiéndole que revise
el proyecto porque “Google no debería hacer negocios con la guerra” ("Google should not be in the business of
war"), publica el diario New York
Times.
Según la información facilitada por el
Pentágono, se está trabajando en el proyecto “Maven” desde abril de 2017, y la
participación de Googl ahora sería para mejorar el análisis de las imágenes
grabadas por un dron, para lo que Google daría acceso al Ministerio de Defensa
estadounidense a su programa TensorFlow, utilizado en aplicaciones de inteligencia
artificial capaces de identificar el contenido de fotos.
Diane Greene, consejera de la empresa
Alphabet (la casa madre de Google), ha querido tranquilizar a los empleados de
la compañía asegurando que como la tecnología de ese programa “no está prevista
para utilizar o volar drones, tampoco podrá emplearse para lanzar armas”.
Argumento que no ha conseguido tranquilizar a los firmantes de la carta-“Efectivamente, elimina una panoplia de
aplicaciones directas pero una vez entregada esa tecnología a los militares
podrán utilizarla para apoyar ese tipo de trabajos”-, que piden que Google
establezca una política de empresa garantizando que no participará en la creación
de tecnologías de guerra: “El contrato con el pentágono hace peligrar la reputación
de Google y entra en contradicción con nuestros valores fundamentales. No es
aceptable fabricar esta tecnología para ayudar al gobierno estadounidense a la
vigilancia militar, potencialmente con resultados mortales”.
“Inmersión” es una historia de amor con tintes trágicos que llega de la mano del
veterano realizador alemán Wim Wenders (72 años, “El cielo sobre Berlín”,
“París-Texas”, “Lisboa”, “La sal de la tierra”), uno de mis realizadores
preferidos que esta vez no ha conseguido convencerme.
En una contraposición de mundos,
la pareja formada por Danielle Flinders (Alicia Vikander, Oscar 2015 a la Mejor Actriz de reparto por “La chica
danesa”, Jason Bourne”) y James More (James McAvoy, “X-Men: Días del futuro pasado”, “Múltiple”), se
conoce por casualidad en un remoto hotel de la costa normanda donde ambos se
preparan para peligrosas misiones, y se enamoran.Separados después por miles de kilómetros, él,
espía británico,está preso de unos
yihadistas n Somalia mientras ella,biomatemática, busca en el fondo de los mares el origen de la vida. “Una
historia romántica con forma intelectual”, según la protagonista en la
presentación de la película en el Festival de San Sebastían 2017 (https://periodistas-es.com/65-festival-de-san-sebastian-wim-wenders-decepciona-91944).
Basada en la novela “Submergence”
de JM Ledgard (editada en España por
Planeta de libros, 2017), la relación entre los dos personajes, un
melodramateñido de tristeza, está
rodeado de un halo de misterio al tiempo que denuncia la violencia y el
fanatismo en una historia que trasciende los problemas terrenales: “Una parte
del problema –ha dicho Wim Wenders- lo ha creado nuestra propia civilización
(…) y tiene que ver con el desequilibrio entre pobres y ricos. Declarar la
guerra al terrorismo en 2001 fue lo mejor que podía pasarles a los grupos
terroristas, realmente hemos creado un monstruo”.
Intenciones aparte, la película
–que habla también de la soledad y el miedo- es grandilocuente, pretenciosa y
aburrida. Wim Wenders no tenía su mejor día cuando rodó “Inmersión”.
En rueda de prensa celebrada el 3
de abril de 2018, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, ha
anunciado haber conseguido promesas por valor de dos mil millones de dólares, de
los países asistentes en Ginebra a una conferencia de donantes internacionales,
para enviar ayuda humanitaria a Yemen que, en sus propias palabras, “atraviesa
la peor crisis humanitaria del mundo desde la Segunda Guerra mundial”.
Lo más sorprendente de este
estallido de solidaridad con un país que lleva tres años desangrándose en una
guerra civil, y en el que 22 millones de ciudadanos, tres cuartas partes de la
población (27,58 millones)precisa ayuda
humanitaria urgente,es que un tercio de
los fondos prometidos, 930 millones de dólares, ya han sido donados por Arabia
Saudí y los Emiratos Árabes (los mismos que figuran en las camisetas del Real
Madrid, entre otras cosas).
El resto hasta los dos millones
deberían proporcionarlo los cuarenta estados y organizaciones que han asistido
a la conferencia de Ginebra, ha precisado la Oficina de Naciones Unidas para la
Coordinación de Asuntos Humanitario (OCHA), y deberían hacerlo inmediatamente
porque, de nuevo en palabras de Guterres, “la amplitud del sufrimiento que
vemos en Yemen necesita una financiación rápida y completa”; manifestación que
ha cerrado con un lamento: “Se necesitan soluciones humanitarias para las
crisis humanitarias”.
Cuando el conflicto entra en su
cuarto año, tres cuartas partes de los habitantes de Yemen necesitan esa ayuda,
18 millones padecen “inseguridad alimentaria” y, de ellos, 8,4 millones ignoran
como podrán conseguir la siguiente comida. La malnutrición afecta a un millón
más de personas cada año, y en el caso de los niños son ya cerca de tres
millones. A esto hayque añadir las
epidemias de cólera y difteria que, desde agosto de 2017, están contribuyendo a
diezmar una población muy tocada. Cada diez minutos muere un niño en Yemen.
Enfangada en una guerra civil,
que se encuentra en el “ángulo muerto” de los intereses de la comunidad
internacional, que ya ha causado más de 10.000 muertos y que tiene de fondo la
rivalidad irano-saudí, Yemen –un país al que los griegos y romanos llamaban “la
Arabia feliz”-es hoy un país desgraciado y desértico encajado en el Golfo de
Adén, víctima desde el 4 de noviembre de 2017 del bloqueo total impuesto por la
coalición de países árabes que encabeza Arabia Saudí, la misma que ahora
encabeza las donaciones de millones de dólares con una cantidad que no es nada
en el país de los multimillonarios del petróleo .
La guerra civil yemení es un
conflicto que, desde julio de 2014, enfrenta a los rebeldes chiítas houtis y, su
hasta ayer enemigo, el ejército leal al ex presidente Al Abdallah Saleh, que
controla la capital, Sanaa, y el norte con ayuda del muy fundamentalista
régimen de Irán, al gobierno de Abdrabbo Mansour Hadi, elegido en 2012 tras la
“revolución árabe yemení”, apoyado por el no menos integrista gobierno de Arabia
Saudí, cuya política cuenta con la aprobación implícita de los gobiernos
occidentales, especialmente los de Washington, París y Londres.
“Un sol
interior” la última película de la
realizadora francesa Claire Denis (“Chocolat”,).
Tragicomedia de los sentimientos inspirada en el libro "Fragmentos de un discurso
amoroso" de Roland Barthes, está protagonizada por Juliette Binoche (“Tres
colores: azul”, “Caché”,
“Nadie quiere la noche”).
Ella es la auténtica estrella de
un largometraje en el que por momentos aparecen a su lado Josiane Balasko (“La ex mujer de mi vida”), Nicolas Duvauchelle
“Polysse”), , Xavier Beauvois (Nord), Bruno Podalydès (“Chocolat”), Valeria
Bruni Tedeschi (“Locas de alegría”) o Gerard Depardieu (“Solo
se vive una vez”), entre otros.
Isabelle (Juliette Binoche) es
pintora. Divorciada y madre de una niña, tiene cincuenta años, vive en París y
va de un amor a otro y de una relación caótica a otra. Siempre en busca de la
pareja ideal, cada vez que conoce a un hombre su corazón late esperanzado: “y
si éste fuera el bueno, si fuera EL…”.
La historia, teñida de una dulce
ironía y con un toque de sátira de las costumbres sociales, nos habla de una
Isabelle que no es excepcional, sino una mujer como tantas otras que viaja en
metro y charla con la pescadera al tiempo que encadena los amores porque
todavía se empeña en creer, como una adolescente, que existe el gran amor. Un
drama en el fondo, porque Isabelle no consigue el éxito perseguido en sus
intentos de hacerse amar, no sale victoriosa de la continua “esgrima sentimental”,
con sus envites y retrocesos, sus juegos de seducción y repliegue, sus momentos
de risas y lágrimas, sus diversos y variados afectos…Isabelle es una looser sentimental, con un corazón
enorme en el que caben todos (o casi) y del que todos se llevan algún girón.
Todo este caleidoscopio de
emociones y sentimientos aparecen sucesivamente en el rostro, de una
plasticidad sorprendente, de Juliette
Binoche, una de las grandes del cine francés más actual que, a la edad en que
hace un par de décadas finalizaba la carrera de las actricesporque dejaban de recibir ofertas –“demasiado
jóvenes para abuelas, demasiado viejas para amantes”-, se reinventa en un papel
de mujer madura que no esconde sus emociones, y a la que no asusta vestir
minifalda ni subirse en unos stiletto,
en una sucesión de momentos clave que terminan por hacer de “Un sol interior”
una película honesta, coherente, sobre la búsqueda del amor, del amor verdadero,
que no esconde las desilusiones ni los fallidos momentos de intimidad; una
película sobre una mujer que lo busca desesperadamente y cree encontrarlo en
todos y cada uno de los hombres que se le cruzan, en los diferentes afectos que
le provocan.
Pero ésta no es una más de las películas
–tan en boga- de “el amor después de los 50”, con protagonistas que limitan con
la decadencia. No, este es un relato del tiempo de las citas a ciegas y el
aumento de la esperanza de vida, lo que deja un margen inesperado para seguir
aspirando a tener un aspecto juvenil y sensual, para seguirpensando en el amor a una edad en que
nuestras abuelas se recogían en casa para siempre y nuestras madres solo tenían
amigas.