domingo, 8 de abril de 2018

Bob Dylan participa en Universal Love, homenaje a la comunidad LGTBIQ

Universal Love, intérpretes

Seis músicos y cantantes, entre ellos Bob Dylan, han grabado un álbum con otras tantas canciones en homenaje a la comunidad LGTBIQ.
Las seis canciones de amor que contiene “Universal Love”, título del álbum, y que están destinadas  “a animar bodas gay”, son versiones de temas conocidos a los que se ha cambiado el género que sus protagonistas tenían inicialmente. Así, Bob Dylan, ha transformado  “She’s Funny That Way”,  de Frank Sinatra, en “He’s Funny That Way”, y “I Need a Man to Love”, de Janis Joplin, ha pasado a ser “I Need A Woman To Love” en la versión de Kesha; los demás intérpretes del álbum han versionado a los Beatles (“And I Love Her” es “And I Love Him” en la voz de Ben Gibbard del grupo Death Cab for Cutie), el vocalista Kele Okerele, de Bloc Party, ha transformado “My Girl”, de The Temptations en “my Guy”, “Then He Kissed Me”, de The Crystals, cantado por St. Vincent es “Then She Kissed Me”, y “Mad About The Boy”, de Dinah Washington,  se llama “Mad About The Girl” en la interpretación de Valerie June.
La intención de este EP, según ha dicho su productor ejecutivo Rob Kaplan al periódico New York Times, es que funcione como una recopilación de himnos para bodas de parejas del mismo sexo y todo tipo de uniones no heterosexuales. “Si miras la historia de la música pop, las canciones de amor vienen predominantemente desde una perspectiva heterosexual. Si nosotros vemos la música como algo que une a la gente, ¿no deberían las canciones populares ser para todos?”, ha añadido el coproductor Tom Murphy.


viernes, 6 de abril de 2018

“Marea humana de Ai Weiwei: la epopeya de quienes huyen de la guerra y el hambre


En “Marea Humana” (Human Flow), el artista y activista chino Ai Weiwei analiza  la crisis global de los refugiados a través de grabaciones y entrevistas en 22 países: Afganistán, Bangladesh, Francia, Grecia, Alemania, Hungría, Irak, Israel, Italia, Jordania, Kenia, Líbano, Macedonia, Malasia, México, Pakistán, Palestina, Serbia, Suiza, Siria, Tailandia y Turquía, donde ha convivido con comunidades de inmigrantes y ha recogido sus experiencias.

Tras pasar por la Mostra de Venecia 2017 y el Festival de Telluride, el documental fue galardonado en la 62 edición de la Seminci de Valladolid con la Mención Especial del Jurado.

Según el propio Weiwei, la película es, al mismo tiempo, un intento por entender las condiciones de la humanidad en nuestros días y un viaje personal ya que se trata de un tema que le afecta muy directamente: en 1961, tuvo que huir de Pekín con su familia una vez que su padre, el poeta Ai Qing, reputado intelectual y compañero de Mao en la Campaña de las Cien Flores, cayó en desgracia, fue acusado de “deriva derechista” y condenado al exilio y la “reeducación” en una región alejada de la capital, donde se vio obligado a trabajar limpiando las letrinas públicas. Ai Weiwei no regresó a Pekín hasta después de la muerte de  Mao Zedong.

“Poner cara a  la crisis migratoria”. Este ha sido el objetivo del artista contemporáneo polifacético (pintor, escultor, arquitecto, fotógrafo, cineasta…) Ai Weiwei, en su personal homenaje a los más de 65 millones de personas que en los últimos años se han visto obligados a abandonar sus hogares para huir de la hambruna, los conflictos militares y el cambio climático. Un flujo migratorio impresionante, la marea humana más importante después de la Segunda Guerra mundial, que afecta a todos los países del globo. Ai Weiwei ha estado con los hombres y las mujeres que se encuentras detrás de las cifras.

Para encontrarse con quienes arriesgan su vida, cuando ya han perdido todo, incluso la esperanza,  para conseguir una existencia mejor, Ai Weiwei ha recorrido el globo cámara en mano, intentando humanizar una crisis que, por su envergadura, se ha vuelto demasiado abstracta. El resultado es una película documental desigual, porque está rodada en circunstancias, lugares y situaciones muy diversas, y con hasta doce operadores de cámara diferentes, pero realmente impactante y espero que eficaz. Una aproximación al dolor de las personas, solo eso, sin banderas ni estandartes políticos, apoyado en entrevistas con quienes huyen y con los responsables de organizaciones humanitarias que intentan ayudarles, en la medida de lo posible.

“Marea humana” no es una película de entretenimiento. Los hechos que relata –de Lesbos a Macedonia,  al estrecho de Calais, a Gaza, México, Berlín, Jordania, Hungría y  la frontera de Bangladesh- se ven avalados por los barcos que llegan sin cesar a las orillas de los mares cargados con personas desgraciadas que han dejado atrás su vida. Como ha escrito el diario británico The Guardian, Ai Weiwei ha hecho más un poema que una narración tradicional, en el que se mezclan titulares y estadísticas con citas de poetas y de diversas religiones: “Por venir de alguien que pasó su infancia como persona desplazada durante la Revolución Cultural china, no es ninguna sorpresa que en su película haya tantos momentos de empatía”.

Más artista global que cineasta, Ai Weiwei ha realzado una obra conceptual en imágenes, un documental militante que plasma el fenómeno que ha llevado a más de 60 millones de personas, y entre ellas un alto porcentaje de niños,  a convertirse en “desplazados”, en una “humanidad precaria, privada de intimidad, desesperada, humillada, que vive de expedientes y de deshechos a las puertas de las democracias, en campamentos de fortuna. Una humanidad de papeles y cajas de cartón, de lonas remendadas y plásticos viejos (…) recordándonos que una injusticia sangrante, una inopia terrible  y una rabia sorda están llamando a nuestras puertas” (Le Monde).

No es la primera vez que Ai Weiwei dedica una obra a los migrantes y refugiados. En 2016  construyó una colorida colección de lotos flotantes en una fuente de los  Jardines de Belbedere, en Viena, formados por chalecos salvavidas. La obra, llamada Flotus, estaba compuesta por 1.005 chalecos para recordar a los miles abandonados por los refugiados cuando desembarcaban, entonces, en la isla de Lesbos y que, según el artista, en las playas y en los basureros formaban “como un  paisaje”.




Una trabajadora etíope nueva víctima de la “kafala” en Líbano

Lensa Lelisa Tufa con su tía en el hospital

Lensa Lelisa Tufa, una empleada doméstica de 21 años y origen etíope, se rompió las dos piernas el pasado 11 de marzo de 2018 al saltar desde un segundo piso en el intento de huir de la familia con la que vivía en Beirut, la capital libanesa, según denuncia el periodista Hassan Chamoun en el digital Global Voices en su edición francesa.

Lensa Leila Tufa es una víctima más de la “kafala”, o sistema de apadrinamiento, al que está sometida una legión de trabajadores  domésticos inmigrantes en Líbano, obligados a vivir  y trabajar en condiciones realmente penosas bajo ese régimen, en vigor en distintos países árabes y de Oriente próximo, que no es otra cosa que un sistema de control, una manera de que los estados deleguen la supervisión y responsabilidad de los migrantes en manos de ciudadanos y compañías privadas, los “padrinos”, que disponen de competencias jurídicas para controlarles: sin su permiso no pueden cambiar de trabajo ni intentar abandonar el país, entre otras cosas, porque pueden privarles del visado de residencia convirtiéndoles en el acto en personas ilegales, que irán a parar a la cárcel y finalmente serán expulsadas a la fuerza.

Lensa Lelisa Tufa se había puesto de acuerdo con un compañera para huir de la casa de sus patronos el pasado 11 de marzo. En el último momento, la otra joven se echó atrás y Lensa fue la única que saltó desde el balcón. En el hospital, y ayudada por su tía Ganeth, grabó un vídeo de 5 minutos, en lengua amarica y subtitulado en inglés, que el 26  de marzo apareció en la página de Facebook de “This is Lebanon” (Es Líbano), un colectivo que se dedica a contar los abusos que sufren los empleados domésticos en el país.

En el vídeo, Lensa cuenta: “…me maltrataron desde el primer momento (…) me torturaban y yo no podía hacer nada para escapar. Todos los días me pegaban con un cable eléctrico, me arrastraban por el pelo, golpeaban mi cabeza contra la pared, me apretaban sobre los ojos con los dedos (…) Eran cuatro personas las que nos maltrataban… ».

Esas personas que torturaban a Lensa poseen una empresa de alta costura llamada « Eleanor Couture » en Jdeideh, al norte del Gran Beirut, frente a la cual se manifestaron cerca de cuarenta activistas  del colectivo de “This is Lebanon”. Según la periodista libanesa Anne-Marie El Hage, que ha seguido el caso en el diario francófono “L’Orient Le Jour”, al principio no dejaban que la tía visitara a Lensa en el hospital, solo la presión de las redes sociales lo consiguió tras pasar varios días.

En numerosas ocasiones, los trabajadores domésticos inmigrantes han pedido la abolición de la “kafala” en Líbano y la ratificación de la convención 189 de la Organización Mundial del trabajo, que define el respeto de los derechos humanos en los trabajadores domésticos.

Siempre según Global Voices, que cita estadísticas de la Agencia de Inteligencia libanesa conseguidas por la Agencia Humanitaria de Análisis e Información (IRIN), cada semana mueren en Líbano dos trabajadores domésticos inmigrantes.



jueves, 5 de abril de 2018

Trabajadores de Google se oponen a participar en un proyecto con el Pentágono

Google Tensor Flow

Más de 3.000 trabajadores de Google (de los 70.000 que tiene la empresa en todo el mundo) se niegan a participar en un proyecto militar de drones, según la información publicada en L’Obs por el periodista Thierry Noisette.  

En marzo de 2018, la transnacional Google anunció la firma de un proyecto con el Pentágono, llamado “Maven”. Estos empleados, entre los que figuran varias decenas de ingenieros, han dirigido una carta abierta en Pdf a su Drector general, Sundar Pichai, pidiéndole que revise el proyecto porque “Google no debería hacer negocios con la guerra”  ("Google should not be in the business of war"), publica el diario New York Times.  

Según la información facilitada por el Pentágono, se está trabajando en el proyecto “Maven” desde abril de 2017, y la participación de Googl ahora sería para mejorar el análisis de las imágenes grabadas por un dron, para lo que Google daría acceso al Ministerio de Defensa estadounidense a su programa TensorFlow, utilizado en aplicaciones de inteligencia artificial capaces de identificar el contenido de fotos.

Diane Greene, consejera de la empresa Alphabet (la casa madre de Google), ha querido tranquilizar a los empleados de la compañía asegurando que como la tecnología de ese programa “no está prevista para utilizar o volar drones, tampoco podrá emplearse para lanzar armas”. Argumento que no ha conseguido tranquilizar a los firmantes de la carta  -“Efectivamente, elimina una panoplia de aplicaciones directas pero una vez entregada esa tecnología a los militares podrán utilizarla para apoyar ese tipo de trabajos”-, que piden que Google establezca una política de empresa garantizando que no participará en la creación de tecnologías de guerra: “El contrato con el pentágono hace peligrar la reputación de Google y entra en contradicción con nuestros valores fundamentales. No es aceptable fabricar esta tecnología para ayudar al gobierno estadounidense a la vigilancia militar, potencialmente con resultados mortales”.


“Inmersión” de Wim Wenders


“Inmersión es una historia de amor con tintes trágicos que llega de la mano del veterano realizador alemán Wim Wenders (72 años, “El cielo sobre Berlín”, “París-Texas”, “Lisboa”, “La sal de la tierra”), uno de mis realizadores preferidos que esta vez no ha conseguido convencerme.

En una contraposición de mundos, la pareja formada por Danielle Flinders (Alicia Vikander, Oscar 2015 a la Mejor Actriz de reparto por “La chica danesa”, Jason Bourne”) y James More (James McAvoy, “X-Men: Días del futuro pasado”, “Múltiple”), se conoce por casualidad en un remoto hotel de la costa normanda donde ambos se preparan para peligrosas misiones, y se enamoran.  Separados después por miles de kilómetros, él, espía británico,  está preso de unos yihadistas n Somalia mientras ella,  biomatemática, busca en el fondo de los mares el origen de la vida. “Una historia romántica con forma intelectual”, según la protagonista en la presentación de la película en el Festival de San Sebastían 2017 (https://periodistas-es.com/65-festival-de-san-sebastian-wim-wenders-decepciona-91944).

Basada en la novela “Submergence” de JM Ledgard (editada en  España por Planeta de libros, 2017), la relación entre los dos personajes, un melodrama  teñido de tristeza, está rodeado de un halo de misterio al tiempo que denuncia la violencia y el fanatismo en una historia que trasciende los problemas terrenales: “Una parte del problema –ha dicho Wim Wenders- lo ha creado nuestra propia civilización (…) y tiene que ver con el desequilibrio entre pobres y ricos. Declarar la guerra al terrorismo en 2001 fue lo mejor que podía pasarles a los grupos terroristas, realmente hemos creado un monstruo”.
Intenciones aparte, la película –que habla también de la soledad y el miedo- es grandilocuente, pretenciosa y aburrida. Wim Wenders no tenía su mejor día cuando rodó “Inmersión”.




Pirómanos y bomberos: en Yemen se están muriendo de hambre

Personal de la Media Luna Roja reparte alimentos

En rueda de prensa celebrada el 3 de abril de 2018, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, ha anunciado haber conseguido promesas por valor de dos mil millones de dólares, de los países asistentes en Ginebra a una conferencia de donantes internacionales, para enviar ayuda humanitaria a Yemen que, en sus propias palabras, “atraviesa la peor crisis humanitaria del mundo desde la Segunda Guerra mundial”.

Lo más sorprendente de este estallido de solidaridad con un país que lleva tres años desangrándose en una guerra civil, y en el que 22 millones de ciudadanos, tres cuartas partes de la población (27,58 millones)  precisa ayuda humanitaria urgente,  es que un tercio de los fondos prometidos, 930 millones de dólares, ya han sido donados por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes (los mismos que figuran en las camisetas del Real Madrid, entre otras cosas).

El resto hasta los dos millones deberían proporcionarlo los cuarenta estados y organizaciones que han asistido a la conferencia de Ginebra, ha precisado la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitario (OCHA), y deberían hacerlo inmediatamente porque, de nuevo en palabras de Guterres, “la amplitud del sufrimiento que vemos en Yemen necesita una financiación rápida y completa”; manifestación que ha cerrado con un lamento: “Se necesitan soluciones humanitarias para las crisis humanitarias”.

Cuando el conflicto entra en su cuarto año, tres cuartas partes de los habitantes de Yemen necesitan esa ayuda, 18 millones padecen “inseguridad alimentaria” y, de ellos, 8,4 millones ignoran como podrán conseguir la siguiente comida. La malnutrición afecta a un millón más de personas cada año, y en el caso de los niños son ya cerca de tres millones. A esto hay  que añadir las epidemias de cólera y difteria que, desde agosto de 2017, están contribuyendo a diezmar una población muy tocada. Cada diez minutos muere un niño en Yemen.

Enfangada en una guerra civil, que se encuentra en el “ángulo muerto” de los intereses de la comunidad internacional, que ya ha causado más de 10.000 muertos y que tiene de fondo la rivalidad irano-saudí, Yemen –un país al que los griegos y romanos llamaban “la Arabia feliz”-es hoy un país desgraciado y desértico encajado en el Golfo de Adén, víctima desde el 4 de noviembre de 2017 del bloqueo total impuesto por la coalición de países árabes que encabeza Arabia Saudí, la misma que ahora encabeza las donaciones de millones de dólares con una cantidad que no es nada en el país de los multimillonarios del petróleo .

La guerra civil yemení es un conflicto que, desde julio de 2014, enfrenta a los rebeldes chiítas houtis y, su hasta ayer enemigo, el ejército leal al ex presidente Al Abdallah Saleh, que controla la capital, Sanaa, y el norte con ayuda del muy fundamentalista régimen de Irán, al gobierno de Abdrabbo Mansour Hadi, elegido en 2012 tras la “revolución árabe yemení”, apoyado por el no menos integrista gobierno de Arabia Saudí, cuya política cuenta con la aprobación implícita de los gobiernos occidentales, especialmente los de Washington, París y Londres.



miércoles, 4 de abril de 2018

Un sol interior de Claire Denis: ¡Qué difícil es el amor!


“Dos voces no siempre son un dúo”

“Un sol interior”  la última película de la realizadora francesa Claire Denis (“Chocolat”,). Tragicomedia de los sentimientos inspirada en el libro   "Fragmentos de un discurso amoroso" de Roland Barthes, está protagonizada por Juliette Binoche (“Tres colores: azul”, “Caché”, “Nadie quiere la noche”).

Ella es la auténtica estrella de un largometraje en el que por momentos aparecen a su lado Josiane Balasko (“La ex mujer de mi vida”), Nicolas Duvauchelle “Polysse”), , Xavier Beauvois (Nord), Bruno Podalydès (“Chocolat”), Valeria Bruni Tedeschi (“Locas de alegría”) o Gerard Depardieu (“Solo se vive una vez”), entre otros.

Isabelle (Juliette Binoche) es pintora. Divorciada y madre de una niña, tiene cincuenta años, vive en París y va de un amor a otro y de una relación caótica a otra. Siempre en busca de la pareja ideal, cada vez que conoce a un hombre su corazón late esperanzado: “y si éste fuera el bueno, si fuera EL…”.

La historia, teñida de una dulce ironía y con un toque de sátira de las costumbres sociales, nos habla de una Isabelle que no es excepcional, sino una mujer como tantas otras que viaja en metro y charla con la pescadera al tiempo que encadena los amores porque todavía se empeña en creer, como una adolescente, que existe el gran amor. Un drama en el fondo, porque Isabelle no consigue el éxito perseguido en sus intentos de hacerse amar, no sale victoriosa de la continua “esgrima sentimental”, con sus envites y retrocesos, sus juegos de seducción y repliegue, sus momentos de risas y lágrimas, sus diversos y variados afectos…Isabelle es una looser sentimental, con un corazón enorme en el que caben todos (o casi) y del que todos se llevan algún girón.

Todo este caleidoscopio de emociones y sentimientos aparecen sucesivamente en el rostro, de una plasticidad sorprendente, de  Juliette Binoche, una de las grandes del cine francés más actual que, a la edad en que hace un par de décadas finalizaba la carrera de las actrices  porque dejaban de recibir ofertas –“demasiado jóvenes para abuelas, demasiado viejas para amantes”-, se reinventa en un papel de mujer madura que no esconde sus emociones, y a la que no asusta vestir minifalda ni subirse en unos stiletto, en una sucesión de momentos clave que terminan por hacer de “Un sol interior” una película honesta, coherente, sobre la búsqueda del amor, del amor verdadero, que no esconde las desilusiones ni los fallidos momentos de intimidad; una película sobre una mujer que lo busca desesperadamente y cree encontrarlo en todos y cada uno de los hombres que se le cruzan, en los diferentes afectos que le provocan.

Pero ésta no es una más de las películas –tan en boga- de “el amor después de los 50”, con protagonistas que limitan con la decadencia. No, este es un relato del tiempo de las citas a ciegas y el aumento de la esperanza de vida, lo que deja un margen inesperado para seguir aspirando a tener un aspecto juvenil y sensual, para seguir  pensando en el amor a una edad en que nuestras abuelas se recogían en casa para siempre y nuestras madres solo tenían amigas.