Estamos ante una de esas veces en que usar el término naïf no es peyorativo, todo lo contrario. “Hasta la montaña” (“Bergers”), elegida Mejor película canadiense en el Festival de Cine de Toronto (1), quinto largometraje de ficción de la realizadora canadiense Sophie Deraspe (“A Gay Girl in Damascus”, “Antígona”, “Le profil Amina”), es naïf en la dosis justa: una oda sincera, una declaración de amor a la vida rural que reivindica el imprescindible trabajo de los pastores -“invisibles” en la majestuosidad de las montañas y los prados- que siguen ejerciendo un oficio secular “maltratado por la política (los políticos), las alteraciones climáticas y el lobo”, el peor de todos los posibles enemigos de un rebaño de idílicas ovejitas.
“Hasta la montaña” , película naturalista está basada
en “D’ou viens tu, berger?”, novela autobiográfica del escritor canadiense Mathyas Lefebure, sobre sus vivencias
en la montaña francesa. Más allá del relato individual, conecta
con prácticas tradicionales aún vivas en muchas regiones de Europa. La trashumancia, reconocida como
patrimonio cultural inmaterial, se convierte aquí en símbolo de resistencia,
belleza y compromiso con la tierra. Félix-Antoine
Duval (« Saint-Narcisse”)
y Solène Rigot (« La
confession », « Lulu femme nue »)
interpretan al pastor idealista y su compañera en la aventura.
Rodada en los Alpes franceses, “Hasta la montaña” (2) habla del regreso a la naturaleza y la
búsqueda del sentido de la existencia, narrando el viaje de transformación de dos jóvenes que abandonan la ciudad para
entregarse a la vida en el campo y al rito milenario de la trashumancia, aprendiendo el oficio de pastor,
con enormes rebaños de ovejas. Un retrato íntimo del esfuerzo, la conexión con
los animales y el redescubrimiento del tiempo, la naturaleza y el silencio, lo
mismo que una llamada de atención sobre las dificultades que tienen que
enfrentar cada día los pequeños y medianos ganaderos, siempre a merced de la
fatalidad del clima y de las enfermedades de los rebaños.
Mathyas, canadiense de Montreal,
ha dejado atrás su familia y su trabajo de publicista para realizar el
sueño de convertirse en pastor. Instalado en un hotel de
Arles, tras comprarse unos cuantos libros que
hablan del oficio, y también una navaja de pastor, se presenta ante un grupo de
ganaderos locales diciendo que busca un trabajo “de pastor” consiguiendo, con
su entusiasmo, que uno de ellos decida darle su primera oportunidad. Trasladado
a una cabaña, va aprendiendo el oficio mientras se prepara
para poder escribir un día su propio “manual del pastor”.
Vigilar a los animales, cuidar de ellos,
acompañarles en su transhumancia, son cosas que pueden parecernos bucólicas. Pero
la primera experiencia de Mathyas no es tan romántica como imaginaba. Ni
tampoco la segunda, con un tal Ahmed que en realidad odia a las ovejas. La dureza
y la complejidad del trabajo se encargan de terminar con algunos de los
ideales. Sin embargo, la llegada de Elise, una joven funcionaria
francesa a la que conoció cuando fue a solicitar el permiso de trabajo, que también ha decidido abandonar su trabajo
en la ciudad, da un nuevo giro a su existencia y juntos emprenden un viaje a
través de las montañas, custodiando un rebaño de ovejas, iniciando una nueva
forma de vida incorporándose a “la tradición milenaria de los desplazamientos
nómadas con los rebaños” (de una entrevista con la realizadora en la que
explica que ha querido dar “al material del libro el tratamiento de un cuento”).
Para el rodaje de este emotivo drama pastoril la directora ha contado con la participación
de muchos habitantes locales, pastores y agricultores que ven reflejados
con sumo respeto sus miedos y
reivindicaciones. “Rodar esta
película fue -confiesa Deraspe- una forma de respirar hondo. De reconectar con
lo esencial. Y quise que la cámara también respirara al ritmo de la montaña y
del rebaño”.
(1) Aprovecho
para decir que en Canadá se hace un buen cine, a veces incluso excelente, y que
–huyendo de generalizaciones porque también lo hay malo y regular- es una pena
que nuestros distribuidores solo nos den oportunidad de ver el “buen cine canadiense” una vez avalado por el
aplauso de la crítica de otros países europeos (francesa y británica
especialmente).
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