jueves, 21 de enero de 2016

La juventud, de Paolo Sorrentino: la vida vista desde el spa

“Como el gran moralista que es, Sorrentino ve a las personas como son pero las filma como podrían ser» (Pierre Murat, Télérama)

Elegida por la Academia del Cine Europeo como la mejor película del año, La juventud, del italiano Paolo Sorrentino (Oscar 2014 por La grande bellezza, Il divo) ha conseguido también el premio al Mejor Realizador y el de Mejor Actor para el veterano Michael Caine (El hombre que quiso ser rey, la batalla de Inglaterra, El hijo del hombre, El caballero negro…), quien ha sabido acoplar perfectamente el paso de los años por su cuerpo con los papeles que ahora acepta interpretar.

La juventud es una especie de cuento optimista sobre el tiempo que pasa y que –premios aparte- está interpretado también por otros dos grandes del cine mundial: Harvey Keitel (Reservoir Dogs, Pulp Fiction, El piano, Gran Hotel Budapest…) y Jane Fonda (Barbarella, Descalzos por el parque, Gringo viejo).

Es primavera. Fred y Mick, dos viejos amigos cerca de los ochenta, pasan sus vacaciones como siempre en un elegante balneario a los pies de los Alpes. Fred, compositor y director de orquesta, está a punto de retirarse; ha decidido no volver a dirigir, ni siquiera conceder entrevistas, pero el azar quiere que la reina de Inglaterra quiera escucharle dirigiendo sus composiciones en la fiesta de su aniversario (y ya se sabe lo terriblemente difícil que resulta para un inglés negarse a algo que le pide Su Graciosa Majestad). Mick, director de cine, se ha llevado a su equipo de guionistas y prepara lo que piensa será su última película. Los amigos saben que su tiempo se acaba, que en teoría es infinitamente menor que el de las personas que les rodean. Por eso, contemplan con curiosidad y ternura las vidas confusas de sus hijos, el entusiasmo de los colaboradores del cineasta, las vidas, tan ajenas, de otros residentes del lujoso balneario, entre ellos una Miss Universo, mucho menos tonta de lo que pudiera pensarse, de las que tienen carrera universitaria y piensan aprovechar la coyuntura para fabricarse un futuro que no tenga nada que ver con el presente; o un sosias de Diego Maradona versión anticapitalista, con un gigantesco rostro de Carlos Marx tatuado en la espalda, incapaz de resistirse a una pelota.

Fred y Mick comparten recuerdos (divertidos, cínicos) y preocupaciones (la maldita próstata). Sorrentino da una lección de cine –que recuerda inevitablemente al Satyricon de Fellini, siempre Fellini como telón de fondo en el cine de Sorrentino- mientras juega elegantemente con estos ancianos maravillosos que ven como su sociedad agoniza y el tiempo se les desliza entre los dedos, lo mismo que el agua de la piscina del spa frente a la imagen de “la más guapa del mundo” tomando el sol desnuda.

La película consiguió una neta división de opiniones cuando su presentación en el Festival de Cannes 2015. Yo estoy con quienes la disfrutaron y siguen aplaudiendo el buen hacer de Paolo Sorrentino.

miércoles, 20 de enero de 2016

Mia madre, autobiografía y duelo en una gran obra de Nanni Moretti

“En cada secuencia, Moretti reitera su fabuloso talento para sugerir, en la organización concreta de situaciones, un desbordamiento de la interioridad de los personajes, de las evocaciones de sueños, angustias o fantasmas que sin embargo adquieren consistencia en la estricta materialidad de la escena”. (Théo Ribeton, Les Inrockuptibles).

“Llevemos al muerto a la tumba y los otros a la tristeza de estar vivos” (Culturopoing.com)

Tristeza y ternura a partes iguales, una púdica y emocionante despedida en la más autobiográfica de las películas del director y actor italiano Nanni Moretti (Caro Diario, La habitación del hijo, El Caimán…), Mia Madre, inspirada en la vida de su madre, Agata Apicella (Guilia Lazzarini en la pantalla, una gran dama del teatro italiano), fallecida en 2011 mientras el realizador finalizaba el rodaje de Habemos Papam.

Margherita, una excepcional Margherita Buy (Matrimonio y otros desastres, Lecciones de amor a la italiana, El Caimán, Habemus Papam…) es una realizadora en pleno rodaje de una película sobre la huelga en una fábrica para impedir que se produzcan despidos, cuyo actor principal es una estrella de Hollywood, John Turturro (El color del dinero, El siciliano, Hannah y sus hermanas, O’Brother, Transformers…), extravagante y caprichoso. Sus problemas de artista comprometida se ven agravados por la angustia que le provocan el estado de salud de su madre, una apreciada ex profesora de latín a quien los alumnos recuerdan con cariño e incluso visitan, ahora internada en un hospital, el final de una relación amorosa que ya había naufragado antes y las crisis de adolescencia de su hija. Junto a ella, su hermano y alter ego (Nanni Moretti), un ingeniero sereno e irreprochable, que ha pedido una excedencia para replantearse el sentido de su vida. Los dos hermanos compartirán el trayecto hasta la muerte anunciada de la madre.

Presentada en el Festival de Cannes 2015 –donde Moretti consiguió anteriormente la Palma de Oro por La habitación del hijo (2001) y el Premio al Mejor Director por Caro Diario (1994)-, no logró la unanimidad de la crítica internacional (http://periodistas-es.com/cannes-2015-moretti-y-haynes-no-logran-la-unanimidad-de-la-critica-52638) aunque consiguió el Premio del Jurado Ecuménico.

Una película muy personal y también muy sobria y emocionante, en la que Moretti no cae ni por un segundo en el sentimentalismo y vuelve a sus orígenes (cuando los personajes eran como sus avatares) tras una incursión, yo diría que obligada, en el cine político (porque alguien tenía que dejar constancia de toda la perversidad de los “años Berlusconi”), a los personajes que se debaten entre el compromiso y su ausencia, a las situaciones que enfrentan capitalismo y trabajo, a sus sueños y sus canciones favoritas, como esa mítica balada de Leonard Cohen, Famous Blue Raincoat, que escucha Margherita ante un cine donde se proyecta una película de Win Wenders. E incluso a la melancolía de sus recuerdos infantiles cuando la cámara recorre las habitaciones vacías de la casa de la madre, el decorado de toda una vida que Margherita, su hermano Giovanni y su hija deciden ocupar (un escape de agua les obliga a cambiar de domicilio) como en un intento de prolongar su existencia más allá de lo razonable.

Los momentos de humor corren a cargo de un excéntrico John Turturro: inenarrable la escena repetida decenas de veces al volante de un automóvil, en la que solo tiene que decir una frase. En los demás personajes es facilísimo reconocerse y sentir empatía, son fundamentalmente naturales, como todos nosotros, hermosos y feos, simpáticos y quejicas, mediocres en ocasiones. Trágica y melancólica, Mia Madre es una gran película, para algunos la mejor de 2015, y Moretti sigue siendo el maestro de siempre.

martes, 19 de enero de 2016

Midiendo el mundo, ciencia en el Siglo de las Luces alemán

“-¿Qué es la ciencia?
 -La ciencia es un hombre solo que se alegra cuando cree que está a punto de encontrar lo que buscaba” (Alexander von Humboldt)

Midiendo el mundo (Die vermessung der welt, más exactamente La medición del mundo), la novela alemana publicada en 2005 que inmediatamente se convirtió en un best-seller mundial y situó en el parnaso a su autor, Kehlmann Marius Meller, nos llega ahora convertida en una película en la que se cruzan los destinos y las vidas de dos grandes científicos alemanes que vivieron a caballo de los siglos XVIII y XIX: Alexander von Humbol y Carl Friedrich Gauss.

A Humboldt, naturalista, geógrafo y explorador, la humanidad le debe -entre otras muchas cosas- la invención de instrumentos sofisticados para medir fenómenos naturales, la observación de distintas sociedades desde un punto de vista antropológico y lingüístico, la clasificación de las especies animales y vegetales (más de 6.000 plantas) , las definiciones de principio de causalidad y principio de geografía general, estableciendo relaciones e interacciones entre los fenómenos humanos y los geológicos, meteorológicos, biológicos o físicos, así como haber sentado las bases de la geofísica y la sismología, además de ser el primer europeo en alcanzar la cima del Chimborazo y en encontrar el paso entre los ríos Orinoco y Amazonas, sin olvidar que es suya la frase de que “para comprender algo hay que medirlo”; en cuanto a Gauss, matemático, astrónomo y físico, profesor universitario apodado “el príncipe de las matemáticas”, su importancia en ese terreno ha perdurado al paso de los siglos y sigue considerado como uno de los mayores matemáticos de todos los tiempos: finalizó varios de los enunciados formulados por los matemáticos de la Grecia clásica griegos y es el padre de un teorema cuyo nombre comparte con el francés Pierre-Laurent Wanzel (Teorema de Gauss-Wanzel que caracteriza casi todos los polígonos que pueden construirse solamente con una regla y un compás). Humboldt procede de la alta burguesía prusiana, su padre es amigo del monarca; Gauss, hijo de una lavandera, consigue una beca real para poder estudiar en la Universidad.

Midiendo el mundo es a la vez una historia de aventuras (mejor, de aventureros), una sátira sobre la sociedad burguesa de la Europa que se adentra en el Siglo de las Luces y un recordatorio de que nunca en la historia ha resultado fácil ser pionero en ningún terreno, mucho menos en el científico donde las soluciones a los enigmas y problemas tienen la costumbre de chocar directamente con las creencias religiosas e ideológicas (sin ir más lejos, y por poner un ejemplo de ahora mismo, y muy familiar, recordemos que en el actual plan de estudios español la asignatura de ciencias explica a los alumnos que el mundo tardó siglos en crearse, al tiempo que los que asisten a clases de doctrina católica aprenden que lo hizo dios en 7 días).

Midiendo el mundo, realizada en 2012 por Detlev Buck (muy aplaudido en Cannes 2013 por Les enragées, retrato de la juventud suburbial berlinesa, La cinta blanca, Libres como el viento), e interpretada en los principales papeles por Abraham Albrecht Schuch (Lila Lila, Gemelos) como Humboldt, y Florian David Fitz (Las amistades invisibles, Vincent, sus amigos y el mar) como Gauss, es una película suntuosa, con paisajes magníficos, pájaros fabulosos, algunas tribus indígenas, unos cuantos españoles, entre esclavistas y jesuitas, y un trabajo histórico que seguramente no tiene gran cosa de documento real, bien que se atenga al principio elemental de adjudicar a cada cual sus logros.

Para algunos críticos alemanes, la adaptación que el austriaco Detlev Buck ha hecho del libro es un “fracaso, porque no lo ha entendido” (para interesados, la novela está publicada en España por Maeva y se ha reeditado con motivo del estreno de la película). Además consideran que los dos actores –procedentes de distintas escuelas, uno del teatro y el otro de la sitcom televisiva- no encajan bien e incluso hay momentos que rozan el ridículo (“El film es una sucesión de imágenes, pero no es una película, podría ser un reportaje Geo”); aunque no olvidemos que todas las críticas se efectúan comparando la obra literaria y le fílmica, y no estoy segura de que eso sea un acierto.