martes, 24 de noviembre de 2015

The Assassin, desesperadamente bella y complicada

“The Assassin es como esas bellezas estereotipadas: magníficas pero desesperadamente incapaces de mantener una conversación prolongada” (Kate Taylor, Globe and Mail).

Premio al mejor director -Hou Hsiao-Hsien, veterano realizador taiwanés- en el Festival de Cannes 2015, The Assassin (la asesina) es una de esas hermosas historias incomprensibles que nos ofrece lo mejor del arte oriental. Tan filosófica como elíptica, The Assassin es sobre todo unos paisajes grandiosos, unos colores que explotan ante la vista del espectador, una iluminación grandiosa, una fotografía perfecta, unos encuadres irrepetibles en los que hasta las nubes parecen formar parte del atrezzo, de tan perfectas; unos personajes imposibles de retener, aunque impresionantes en sus largos abrigos de pesadas sedas, sus complejos peinados y su incapacidad para pronunciar dos frases seguidas. Y, dicho lo anterior, me pregunto si estoy hablando de una película o de casi dos horas de descarga estética: tanta belleza casi imposible de aguantar soportada por un argumento que, a la postre, importa poco.

China, siglo IX. Nie Yinniang, una silueta vestida completamente de negro atraviesa los paisajes de una China grandiosa y regresa junto a su familia tras pasar varios años en otro territorio del imperio, en manos de una monja que se ha encargado de su educación y le ha iniciado en las artes marciales, y que se despide tras encomendarle el asesinato de los personajes corruptos de la provincia de Weibo, y en particular el de su primo Tian Ji’an, con quien debió casarse tiempo atrás, convertido ahora en un tirano gobernador, enfrentado al Emperador. Como en las grandes tragedias románticas, Nie Yinnian la vengadora pasará por una crisis de conciencia y tendrá que optar por sacrificar al hombre que ha amado siempre, o abandonar la orden de los Asesinos.

Este es, en síntesis, un resumen de la historia tal y como nos la cuentan en las hojas de promoción de la película. Porque la verdad es que sin apenas diálogos, ni tampoco música –tan solo algunos ruidos repetitivos y un par de interpretaciones en una suerte de clave-, llena de esos interminables silencios tan característicos de las artes escénicas del extremo oriente, yo hablaría más bien de casi dos horas frente a una pantalla donde se sucede una interminable y lenta puesta en escena, en ocasiones más teatral y en otras más parecida a los cuadros de una exposición. Admirable en su belleza, pero fría e incapaz de provocar otro tipo de sensaciones o sentimientos.

Imágenes de nieblas sobre las que aparecen los picos de las montañas, partículas de polvo que parecen danzar sobre un rayo de sol, negras cabelleras relucientes, sedas de todos los colores del rojo, un par de duelos a cuchillo de excelente coreografía, en un bosque de hojas plateadas; estampas familiares de la mujer y los hijos del gobernador, más parecidas a poses para fotografías del carnet de familia numerosa; secuencias del emperador recostado en un diván y los hombres de su corte en postura rígida alrededor, semejantes a las bacanales romanas; juguetonas concubinas corriendo por los pasillos o preparando el baño de la esposa, “la cámara de Hou Hsiao-Hsein es un pincel, a veces un cuchillo. Acaricia y corta” (Télérama)…Una complicada trama que nos introduce en la China del siglo IX -la de la dinastía Tang, cuando el imperio vivía una época de prosperidad amenazada por la disidencia que cobraba cuerpo- marcada por la obediencia del código del guerrero (que ya conocemos de anteriores producciones de la China más antigua y profunda) y en primer plano no un héroe sino una heroína, la mujer de negro, justiciera solitaria cuyo árbol genealógico es imposible de reconocer en el cruce de personajes que al parecer han decidido sobre su destino, que recorre los escenarios a la caza de su víctima designada, pasando junto a una serie de historias de intrigas de corte poco interesantes, y en cualquier caso nada explicadas.

Y -¿quién sabe?- quizá también algo de censura en lo tocante a las cuestiones sexuales –como ha apuntado algún crítico estadounidense- voluntariamente ignoradas por el realizador al tratarse de una coproducción entre Taiwan y China (dos países, a pesar de que el régimen comunista sigue negándose a reconocer que la isla se llama República de China), y entrevistas en la escena de la concubina con la cabeza reclinada en el hombro de su amante, o representadas por las dos piezas gemelas de jade que una princesa -a la que hemos perdido la pista a lo largo de la película- puso en manos de la asesina y su primo cuando eran niños. Solo insinuaciones y metáforas.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Ocho apellidos catalanes, más de lo mismo con estelada


Ocho apellidos catalanes, del director Emilio Martínez Lázaro, evidentemente una película oportunista hecha para aprovechar la resaca de los ocho apellidos vascos que hace unos meses consiguió pasar la barrera de los 50 millones de espectadores -y también la actualidad de unos acontecimientos que, si no fuera por los atentados de París, tenían centrada la “actualidad” en todos los medios que, a cuenta del pulso entre Más y Rajoy han dejado de hablar de refugiados y paro, y de hacer todo lo posible por desprestigiar a los morados y anaranjados- es, en síntesis, una hora y media de topicazos y chistes de barra de bar de hace medio siglo, aunque al parecer es esto lo que sigue tirando de un público que también disfruta con el cine de barrio (o sea, sin redención posible).

Actores procedentes de la película anterior, más la incorporación de un hipster catalán, esnob y ridículo, en el papel del novio de la vasca, y de Rosa María Sardá, en la yaya independentista del futuro esposo que tiene proclamada la república catalana en su masía (a la que pretenden engañar como en un remedo de lo que hacían con la madre en Good bye, Lenin; pero, claro, eso ya está hecho) protagonizan este sainete barato a base de andaluces que ligan con extranjeras, comen pescaíto y sacan en procesión a la imagen de la cofradía; vascos recios, levantadores de piedras o arrantxales casi mudos que hablan ese castellano tan peculiar que se supone aprenden en el caserío y catalanes que miran mucho, demasiado, por la pela y conforman un micromundo de relamidos vanguardistas de distintas “artes” (entre ellas la organización de eventos sociales).

¡Hale, a disfrutar todos con la idiosincrasia!


PS- No hace falta decir que espero con impaciencia el estreno de Ocho apellidos murcianos y Ocho apellidos turolenses (que también existen)

miércoles, 18 de noviembre de 2015

I’m Your Father, un deber de memoria y de justicia



El 20 de noviembre de 2015, justo un mes antes de que se estrene El despertar de la fuerza, séptima entrega de la saga Star Wars, llega a las pantallas españolas el documental I’m Your Father, una historia de verdad y justicia en torno a la figura y la historia de David Prowse, el culturista y actor inglés que en los tres primeros episodios -los dirigidos por George Lucas- se encontraba detrás de la máscara de Darth Vader, el mayor villano de la historia del cine, al que nunca vimos el rostro (ni tampoco escuchamos la voz, doblada por el actor estadounidense James Earl Jones porque a Lucas “no le gustaba el acento sureño británico de Prowse”): cuando, en el momento álgido de La guerra de las Galaxias, en el Episodio VI: El retorno del Jedi, Luke Skywalker le quitaba la máscara a Vader, quien moría después de confesarle que era su padre, la cara que vimos los espectadores fue la de otro actor, Sebastian Shaw, porque Lucas quería que fuera “un hombre mayor de lo que entonces aparentaba David Prowse”.

Dos cineastas españoles, Toni Bestard y Marcos Cabotá, y un proyecto de crowdfunding -en el que han participado dos productoras y varios donantes- lanzado a través de la plataforma Verkami, han hecho posible esta película que, efectivamente, cumple con alguno de los requisitos exigibles a cualquier documental que pretenda describir una realidad: rendir homenaje y hacer justicia, devolver al césar lo que es del césar y desenmascarar a los “villanos” de la vida real: el documental finaliza repitiendo el rodaje de aquella secuencia que se le prohibió rodar a Prowse en su momento, en la que se cometió una enorme injusticia con él sin siquiera advertirle: el actor descubrió lo que había pasado en la proyección de “su” película, lo que impidió que su rostro se hiciera tan reconocible y famoso como los de sus compañeros de reparto, Harrison Ford, Carrie Fisher o Mark Hamill.

Han pasado más de treinta años de aquello. El personaje de Darth Vader sigue siendo el mejor villano cinematográfico y David Prowse, el hombre que siempre estuvo detrás de la máscara negra, es un perfecto desconocido de más de 80 años que vive en el londinense barrio de Croydon y, aunque camina apoyándose en muletas, conserva la imponente estampa de más de dos metros de altura del actor que primero fue una figura del culturismo internacional (llegó incluso a presentarse a un concurso de Mister Universo), después un actor en distintas producciones ´de “monstruos” de los celebérrimos Estudios Hammer y en La naranja mecánica (único filme en que se pudo ver su auténtico rostro), el preparador físico de Christopher Reeve para el Superman de Stanley Donnen y en los años 1960/70, antes del inicio de la saga de Star Wars, encarnó al popularísimo Green Cross, personaje vestido de superhéroe protagonista de una campaña de seguridad vial, dirigida a los más pequeños, que la televisión pública británica estuvo emitiendo durante cerca de diez años (y que en 2003 el gobierno de Su Graciosa Majestad premió condecorando al actor con la Orden del Imperio).

Entre los objetivos de los realizadores ha estado también el descubrir alguna pista acerca de los motivos que en su día llevaron a los creadores de La guerra de las Galaxias a condenar al ostracismo a uno de sus principales actores, apartándole de los eventos oficiales e impidiéndole participar en las convenciones que cada tres años reúnen a los fans de la saga de todo el mundo. “Aparentemente -leo en un artículo de Fotogramas- el motivo principal se encuentra en unas supuestas declaraciones al periódico londinense Daily Mail, durante el rodaje de El retorno del Jedi”, en las que anticipaba la el final de la historia; declaraciones que el actor ha desmentido siempre y que, en este documental, desmiente también el periodista Goodman, autor en su día del artículo en cuestión (existen sin embargo, y el actor las reconoce como propias, otras declaraciones de Prowse, efectuadas inmediatamente después del estreno del primer episodio y cuando nadie pensaba siquiera en hacer un segundo, en las que decía que le habría gustado que Vader fuera el padre de Luke Skywalker, algo que sucedería finalmente y cuya idea George Lucas siempre se ha atribuido).

Otra hipótesis del desencuentro entre el actor y Lucasfilms es la breve intervención de Prowse en la película The People vs. George Lucas, en la que los fans de la saga acusan al cineasta de haberla desvirtuado con las últimas producciones de “precuelas”.

Dave Prowse ha asistido en Madrid al pase de prensa del documental I’m Your Father. La generación que creció con la saga –con sus disfraces, juguetes y videojuegos- ha aplaudido con entusiasmo su imponente presencia en un intento -quiero creer que le ha llegado- de hacerle sentir el reconocimiento que siempre le han negado los creadores de Star Wars. La película finaliza con una leyenda en la que los realizadores explican que George Lucas ha declinado dejarse entrevistar. A mí me habría gustado tener sentados en las butacas de al lado a los personajes de The Big Bang Theory.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Sicario, de Denis Villeneuve

La guerra sucia contra los narcos

Efectivamente, como dice un compañero, lo del narcotráfico es un tema “muy manido”. En el caso de Sicario, una buena realización del canadiense Denis Villeneuve (Incendies, 2010, una de las mejores películas de lo que va de siglo; Enemy, Prisoners) -película que antes de estrenarse ha hecho el recorrido tradicional de los festivales de Cannes y San Sebastián 2015- la novedad consiste en que se trata del tema de siempre aunque visto desde el otro lado de la frontera: esta vez la acción transcurre cerca de El Paso (lo que no impide que los policías, y el antiguo fiscal interpretado magistralmente por Benicio del Toro, él mismo un especialista del género, se salten la ley y con la connivencia de los guardias fronterizos atraviesen la línea que separa Estados Unidos de México en sus persecuciones). Junto a del Toro (Traffic, Escobar:paraíso perdido), una discreta Emily Blunt (Al filo del mañana, Looper) y Josh Brolin (American Ganster, Wall Street, el dinero nunca duerme).

Es más que sabido que la zona fronteriza entre los dos estados americanos es un territorio sin ley, o mejor, una zona sin derecho. Kate (Emily Blunt), una joven idealista del FBI se enrola voluntaria en un grupo de élite, encabezado por un agente del gobierno para perseguir el tráfico de drogas, y dirigido por un enigmático asesor llegado de Colombia, que resulta ser un antiguo fiscal mexicano, del que se vengaron los narcos decapitando a su mujer y arrojando a su hija a una cuba de ácido. En su caso, hablar de venganza resulta obvio en la misión del equipo que pretende acabar con el cabecilla del cartel de Juarez. Sicario nos confirma lo que ya era un secreto a voces: contra el narcotráfico, Estados Unidos y México están aliados en una guerra que también tienen momentos muy sucios –avalados por las más altas instancias de ambos países- en los que se borra no solo la fronteras física sino también los delgados límites que existen entre lo legal y lo clandestino, entre la ética y los medios válidos para conseguir el fin propuesto. En medio de esta guerra en la que se acepta y ser admite todo, la joven Kate va evolucionando desde su inicial postura idealista hacia un inevitable realismo.

En "Sicario" hay violencia explícita, un ambiente sofocante, persecuciones, operaciones especiales con equipos de visión nocturna…. Sicario es ante todo un thriller sobre el fondo de la guerra de los cárteles por el control del narcotráfico en la frontera, y en el que la protagonista femenina es la única que inspira una cierta confianza al espectador. Pero es también una honda reflexión sobre los oscuros “abismos del alma”, simplificando “la condición humana”, y sobre la génesis de la violencia. Dos horas de tensión ininterrumpida.