martes, 30 de julio de 2013

Solo el viento, violencia y racismo contra los gitanos en Hungría



En una Hungría rural reciente, donde el fascismo rampante se dedica a exterminar en la sombra a familias enteras de gitanos (roms) ante la indiferencia de los lugareños, un adolescente rebelde que recorre continuamente el bosque como Pulgarcito intentado burlar al ogro, intenta sobrevivir construyéndose un bunker al que va trasladando todo lo que roba en las casas de los alrededores mientras, junto a su madre y su hermana, espera el momento de poder abandonar el país y viajar a Canadá, para reunirse con su padre.

Los gitanos húngaros de Solo el viento no son los habituales de otros relatos, cinematográficos y literarios. Estos roms no tocan el violín ni recorren el mundo llevando su música a las calles y los cafés, viven inmersos en la pobreza ambiental, de la que parece difícil que puedan salir, y son objeto continuado de ataques de violencia y racismo. Conviene saber también que existen varios millones como ellos, que el 60% viven por debajo del umbral de la pobreza y más del 80% no tienen cualificación alguna, por lo que solo pueden realizar trabajos que ningún otro ciudadano quiere hacer.

Melodrama social y de denuncia realizado por el húngaro Benedek Fliegauf (autor también de Tejut (la Vía Láctea), ganadora del Leopardo de Oro en el Festival de Locarno 2007), Solo el viento (Just the wind) es una película irregular, con momentos muy conseguidos y largas secuencias morosas,casi documentales,  cámara en mano, que se hacen realmente pesadas. Es, como he leído en una reseña en la web, “una de esas historias que se resuelven en los primeros minutos”, porque pasado el primer cuarto de hora todo es previsible y sucede “según lo esperado”. Se estrena en España el 2 de agosto de 2013.

Basada en hechos reales, Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín 2012, y también Premio de la Paz y de Amnistía Internacional, sigue durante 24 horas, las últimas de su vida, la historia de los distintos miembros de una familia, incluido un abuelo alcohólico enfermo, y la miseria que les rodea. Esos, y el resto de los miembros de la comunidad de roms húngaros son víctimas anunciadas, excluidos, y en torno a ellos ronda la muerte; una muerte que esperan, según expresión extendida por el país, “como los corderos que marchan camino del matadero” cuando, para acudir a sus trabajos o a la escuela, tienen que atravesar el bosque donde viven separados del resto del mundo. Un bosque que es como “un muro invisible” y pone una nota de suspense obligando al espectador a plantearse la pregunta inevitable: si todos regresarán por la noche, sanos y salvos, a la casucha perdida entre la maleza.

Pese a los defectos apuntados más arriba, Solo el viento retrata todo el horror del racismo, la exclusión y la violencia de una situación que viola permanentemente los derechos humanos más elementales.


lunes, 29 de julio de 2013

La Fundación Carla Bruni tiene que devolver 410.000 € de una web

Más de 60.000 personas han firmado ya la petición, lanzada desde el sitio change.org por un ciudadano francés llamado Nicolas Bousquet, para que la exmodelo Carla Bruni, esposa del anterior presidente Nicolas Sarkozy, devuelva los 410.000 euros que el Elyseo (la presidencia de la República francesa) pagó por una página web de la Fundación que presidía la entonces “primera dama”, cantidad que esta semana ha denunciado el tribunal de cuentas.

La petición -que se está convirtiendo en “la canción del verano”, asegura Pierre Haski, fundador del digital de izquierda Rue 89-, se dirige a la señora Bruni diciéndole que los firmantes están “indignados de que el Estado se hiciera cargo de un gasto así”.

Teniendo en cuenta que los autores de la página, que se embolsaron esa bonita suma de casi medio millón de euros por confeccionar una página web de lo más normalita cuyo único objetivo es recabar donaciones para la Fundación que como todas las mujeres de presidentes se vio impelida a crear, ponen en boca de Bruni una frase en la que recuerda lo que dice un eminente profesor acerca de “lo superfluo indispensable”, los firmantes de la petición recuerdan que “lo superfluo no es indispensable cuando se trata del dinero del contribuyente. No somos el monedero de los políticos que elegimos: pagamos impuestos para la comunidad, no para satisfacer las necesidades de lujo de esos políticos, o sus familiares”. Y, dado que la Fundación Carla Bruni dice que ayuda a los “más vulnerables”, le pedimos que “devuelva ese dinero a los franceses, donando los 410.000 euros a asociaciones caritativas que trabajan con los más desfavorecidos”.

El 15 de julio de 2013, el Tribunal de Cuentas francés hizo público “el gasto faraónico” pagado por el Elyseo por la página de la señora Bruni en los años 2011 y 2012. El comentario de un experto informático, el bloguero Olivier Laurelli –“Anatomía de una cibercatástrofe de 410.000 euros para el contribuyente”-, reproducido por Rue 89 el 22 de julio, es más que explícito: “Para mí es evidente que se trata de una estafa al contribuyente”. Laurelli demostraba que la página no son más que unos simples retoques, sin ninguna originalidad ni fantasía, a una de las que ofrece gratuitamente WordPress a cualquier bloguero (yo, por ejemplo); retoques, imágenes, texto y mantenimiento de página y cuenta twiter que, asegura, “en el mejor de los casos se podrían facturar como una semana de trabajo por un máximo de 4.000 euros”.

“El impacto de este blog –sigue Pierre Haski- ha sido tal que la Fundación Carla Bruni se ha visto obligada a hacer un comunicado intentando justificar el gasto, publicado –como no podía ser de otra manera- en el diario conservador Le Figaro: “En la época de la presidencia de Nicolas Sarkozy, la página web carlabrunisarkozy.org reenviaba a tres entidades: la fundación, las informaciones relativas a las actuaciones de la primera dama y su compromiso en la lucha contra el sida. Estas dos dos últimas categorías ya no existen, como tampoco existe ya la cuenta twitter de Carla Bruni”.

Está claro: el estado francés pagó casi medio millón de euros por una página gratuita, unas actividades que ya no existen y una cuenta twitter caducada.

domingo, 28 de julio de 2013

La inteligencia rusa devuelve un manuscrito de Vassili Grossman medio siglo después de haberlo confiscado



Considerado subversivo e incautado por el régimen estalinista, el original manuscrito de la novela Vida y destino, del escritor ruso judío Vassili Grossman ha salido, junto a otros documentos pertenecientes al mismo autor, de los archivos secretos del FSB (Servicio Federal de Seguridad), la inteligencia rusa que heredó las ideas así como las propiedades y la mayoría de los métodos del antiguo KGB soviético, 52 años después de que fuera confiscado.

“El manuscrito de la novela –se puede leer en la página livreshebdo.fr-, un fresco sin concesiones del totalitarismo soviético en la época de la batalla de Stalingrado (1942-43), ha sido entregado en una ceremonia al ministro de Cultura Vladimir Medinski, junto con otros archivos del autor para que pase a formar parte de los archivos del Estado...teniendo en cuenta el carácter único y el valor de los manuscritos de Vassili Grossman, el director del FSB ha tomado la decisión de entregarlo a los archivos públicos rusos”.

Los servicios federales de seguridad han encontrado entre los muchos objetos y escritos confiscados hace más de medio siglo y escondidos hasta ahora en los archivos de la Lubianka, la sede de los servicios secretos en el centro de Moscú, hasta 11.000 folios con correcciones manuscritas del Vassili Grossman -uno de los grandes escritores rusos de la primera mitad del siglo XX, aunque en occidente no se le conozca tanto como merece, cuya obra abarca hasta una veintena de novelas, decenas de cuentos y cientos de crónica periodísticas-, así como borradores de artículos y novelas.

Vassili Grossman (Ucrania, 1904, Moscú 1964), ingeniero de profesión, fue enviado al frente como corresponsal de guerra en la batalla de Stalingrado, después internado en un campo nazí y posteriormente purgado, víctima del aumento del antisemitismo en la URSS de Stalin. En 1960 acabó la novela Vida y destino que al año siguiente fue confiscada por los servicios de inteligencia, considerándola subversiva. Sin embargo el autor, que murió apenas tres años más tarde, había distribuido algunas copias entre sus amigos, que la sacaron del país y en 1980 se publicó una primera edición, en francés en Ginebra; tres años más tarde, la obra se publicaba en Francia y en 1985, la editorial Seix Barral, sacaba la primera edición en castellano. Recientemente, en 2011, la editorial La Butxaca, ha publicado una versión de bolsillo en catalán de Vida y destino. En la Unión Soviética no se publicó hasta 1988, con algunos párrafos censurados, en plena perestroika. Fue reeditada en versión íntegra en 1991, tras la caída del régimen soviético, y en 2012 se realizó una serie televisiva inspirada en ella.

Vida y destino, segunda entrega de las dos obras dedicadas a los acontecimientos en torno a la batalla de Stalingrado –la primera es Por una causa justa- está considerada como la obra maestra de Vassili Grossman. El relato comienza en septiembre de 1942 y termina en abril de 1943. Cuando el autor puso el punto final a esta novela envió el manuscrito al redactor jefe del periódico Znamia, una revista mensual que editaba la Unión de Escritores, que fue quien lo pasó a la censura del KGB. Pocos días más tarde, dos oficiales de civil se presentaron en casa del escritor incautándose de las copias, los borradores y hasta las cintas de la máquina con que la había escrito. A partir de entonces, la novela se consideraba oficialmente perdida. En los años 1970, algunos borradores conservados milagrosamente por amigos de Grossman salieron de la URSS en microfilms que también incluían escritos de otro autor censurado, el físico nuclear, premio Nobel de la Paz y ensayista, Andrej Sajarov.

Dos de las novelas de Grossman han sido adaptadas al cine: Stepan Kolchugin, película del mismo nombre realizada en 1957 por Tamara Rodionova, y La Comisaria, adaptación de la novela En la ciudad de Berditchev, llevada a cabo por Alexandre Askoldov en 1967.