lunes, 23 de marzo de 2026

Por favor: que alguien, o el destino, se encargue de quitarnos de encima al presidente USA

Robert Mueller

Quiero pisar a fondo (jusq’au bout) el pedal de mi libertad de expresión para pedir a gritos que se cumplan los deseos manifestados en el titular que encabeza este artículo, del que soy la única responsable,  para llamar criminal a ese engendro egocéntrico, misógino  y amoral que es el presidente de Estados Unidos Donald Trump, un retrasado  insufrible y malcriado de 79 años que divide al género humano en “los buenos”, los palmero que jalean sus gilipolleces a los que nombra Secretarios (ministros) para que le ayuden a invadir Venezuela, Groenlandia, Canadá y México (ahora se ha encaprichado con Cuba), y “los malos”, todos los que no tragan sus ocurrencias de secuestrar  al presidente de una nación que no es la suya,  y de alentar los bajos instintos del primer ministro israelí, el otro asesino del siglo, quien ha puesto  en marcha media docena de guerras en Oriente Medio donde lo menos que puede pasar es que se incendie una reserva de gas que surte a medio mundo.  Un enfermo de infantilismo patológico que le impulsa a  deshacerse de “enemigos”, que ni siquiera son enemigos, como si jugara a aplastar inocentes hormigas con el pulgar, y que este domingo nos ha despertado con la última de sus hazañas.

Ayer hizo un alto jugando al golf en su imperio, donde no se pone el sol,  para  “alegrarse” de la muerte del fiscal Robert Mueller. Se alegra porque Mueller  “ya no podrá seguir haciendo daño a inocentes”, explica  en Truth Social (“Robert Mueller acaba de morir. Bien. Me alegro…”), una red social a su imagen y semejanza propiedad de Trump Media & Technology Group, y de paso intenta colarse  fraudulentamente en este lado de la historia.

Se alegra porque Mueller –exdirector del FBI, nadie sospechoso de zurdo, como dice Milei (el de la motosierra, uno más para mi lista)-  era “el malo” que se atrevió a investigar su campaña de la presidencial de 2016, aunque lamentablemente no pudo demostrar que hubiera existido contubernio con el amo del Kremlin (otro que estaría mejor lejos, a ser posible entre las estrellas). Se alegra porque Mueller  no pudo confirmar sus sospechas de que el inquilino de la Casa Blanca y su pandilla de seguidores delincuentes se dedican a obstaculizar continuamente la acción de la justicia. En resumen, se alegra porque Mueller se ha muerto antes que él, y ahora le queda un “enemigo” menos.

Robert Mueller, famoso por su papel de fiscal especial en el «Rusiagate », la delicada investigación que envenenó el comienzo del primer mandato de Trump, falleció ayer a los 81 años. Nombrado fiscal especial en 2017 durante la presidencia de Obama, este antiguo director de la policía federal supervisó durante cerca de dos años la investigación de una posible colusión entre las autoridades de Moscú y el candidato Donal Trump, durante la campaña de 2016.  

 

Considerado “discreto y taciturno”, diagnosticado de Parkinson hace algunos meses,  en abril de 2019 presentó sus conclusiones en un documento de más de cuatrocientas páginas, donde describía los malabarismos rusos para “ayudar” a Trump, pero añadía no haber encontrado suficientes pruebas del complot existente entre Putin y el multimillonario estadounidense republicano, al tiempo que denunciaba las inquietantes presiones que había recibido y se manifestaba incapaz de “exculparle de las sospechas de obstrucción de la justicia”.

 

 

 

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