
Robert Mueller
Quiero pisar a fondo (jusq’au
bout) el pedal de mi libertad de expresión para pedir a gritos que se cumplan los
deseos manifestados en el titular que encabeza este artículo, del que soy la
única responsable, para llamar criminal
a ese engendro egocéntrico, misógino y amoral
que es el presidente de Estados Unidos Donald Trump, un retrasado insufrible y malcriado de 79 años que divide
al género humano en “los buenos”, los palmero que jalean sus gilipolleces a los
que nombra Secretarios (ministros) para que le ayuden a invadir Venezuela, Groenlandia,
Canadá y México (ahora se ha encaprichado con Cuba), y “los malos”, todos los
que no tragan sus ocurrencias de secuestrar al presidente de una nación que no es la suya,
y de alentar los bajos instintos del primer
ministro israelí, el otro asesino del siglo, quien ha puesto en marcha media docena de guerras en Oriente
Medio donde lo menos que puede pasar es que se incendie una reserva de gas que
surte a medio mundo. Un enfermo de infantilismo
patológico que le impulsa a deshacerse
de “enemigos”, que ni siquiera son enemigos, como si jugara a aplastar
inocentes hormigas con el pulgar, y que este domingo nos ha despertado con la
última de sus hazañas.
Ayer hizo un alto jugando al golf en su imperio, donde no se
pone el sol, para “alegrarse” de la muerte del fiscal Robert
Mueller. Se alegra porque Mueller “ya no
podrá seguir haciendo daño a inocentes”, explica en Truth Social (“Robert
Mueller acaba de morir. Bien. Me alegro…”), una red social a su imagen y
semejanza propiedad de Trump Media & Technology Group, y de
paso intenta colarse fraudulentamente en
este lado de la historia.
Se alegra porque Mueller –exdirector del FBI, nadie
sospechoso de zurdo, como dice Milei (el de la motosierra, uno más para mi
lista)- era “el malo” que se atrevió a
investigar su campaña de la presidencial de 2016, aunque lamentablemente no
pudo demostrar que hubiera existido contubernio con el amo del Kremlin (otro
que estaría mejor lejos, a ser posible entre las estrellas). Se alegra porque Mueller no pudo confirmar sus sospechas de que el
inquilino de la Casa Blanca y su pandilla de seguidores delincuentes se dedican
a obstaculizar continuamente la acción de la justicia. En resumen, se alegra
porque Mueller se ha muerto antes que él, y ahora le queda un “enemigo” menos.
Robert Mueller, famoso por su papel de fiscal
especial en el «Rusiagate », la delicada investigación que envenenó el
comienzo del primer mandato de Trump, falleció ayer a los 81 años. Nombrado fiscal
especial en 2017 durante la presidencia de Obama, este antiguo director de la
policía federal supervisó durante cerca de dos años la investigación de una posible colusión
entre las autoridades de Moscú y el candidato Donal Trump, durante la campaña
de 2016.
Considerado “discreto
y taciturno”, diagnosticado de Parkinson hace algunos meses, en abril de 2019 presentó sus conclusiones en
un documento de más de cuatrocientas páginas, donde describía los malabarismos
rusos para “ayudar” a Trump, pero añadía no haber encontrado suficientes
pruebas del complot existente entre Putin y el multimillonario estadounidense
republicano, al tiempo que denunciaba las inquietantes presiones que había
recibido y se manifestaba incapaz de “exculparle de las sospechas de obstrucción
de la justicia”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario