jueves, 8 de octubre de 2015

Taxi Teherán, de Jafar Panahi

En la frontera con el documental, una obra maestra contra el fundamentalismo


Taxi Teheran, la última película del iraní Jafar Panahi –vigilado estrecha y permanentemente en su país, del que no puede salir en veinte años, los mismos que teóricamente tampoco puede hacer cine ni hablar con medios de comunicación- es una magnífica oda a la libertad, un paseo divertido y provocador por Teherán, un juego constante entre realidad y ficción que añade un plus de suspense a la narración y nos lleva, durante algo más de una hora, embedded (incrustados) en un rodaje evidentemente peligroso.

Convertido en taxista y al volante de su vehículo Jafar Panahi -que es guionista, director y productor- recorre las calles de Teherán recogiendo pasajeros. Está claro, que lo mismo que en otros lugares del mundo, en la capital de Irán se puede compartir el taxi, de forma que en ocasiones coinciden pasajeros de distinta procedencia y opinión. La (naturalmente) estudiada sucesión de viajeros le sirve al más reconocido de los realizadores iraníes para trazar un retrato de la sociedad del país: en ocasiones, es el conductor quien pregunta; otras veces son los propios clientes quienes se desahogan con el taxista… La cámara, instalada en el salpicadero recoge momentos de cabreo, de nervios, de hilaridad… y nosotros nos enteramos del índice de criminalidad que existe en el país, de cuánto cuestan en el mercado negro las películas y la música “occidentales” (y, por tanto, pecaminosas), qué requisitos deben cumplir las películas “autorizadas” por el régimen, hasta qué punto la censura se ejerce no solo en los medios de comunicación y los libros, sino incluso en los trabajos de redacción escolares, o la pervivencia de algunas idolatrías toleradas por el régimen de los ayatolás, entre otras cosas.

Taxi Teherán es una road movie por las calles de una ciudad de mujeres veladas que acuden masivamente a la universidad, de una sociedad autoritaria y casi medieval en la aplicación de las leyes coránicas que sin embargo cuenta con un alto porcentaje de titulados superiores y profesionales de todas las ramas de la ciencia. El resultado es una película llena de humor y cercana al documental -docu-ficción- que en todo momento parece espontánea aunque naturalmente los diálogos estaban escritos, si bien inspirados en auténticas conversaciones mantenidas entre Panahi y los muchos clientes que subieron al taxi mientras hacía localizaciones y ensayaba escenas. Los actores no son profesionales, hacen de ellos mismos en reconstituciones de momentos anteriormente vividos; entre los pasajeros del taxi se encuentra la abogada y militante de los derechos humanos Nasrin Sotoudeh, quien tampoco puede ejercer su oficio desde 2011 por decisión judicial. Para la realización, el cineasta ha recorrido discretamente Teherán durante quince días, con su taxi y su cámara escondida en el interior del vehículo, acompañado solo de algunos amigos, actores y técnicos, “y procurando que no se notaran que estaban rodando”.

El Oso de Oro indiscutible atribuido en el Festival de Berlín 2015 a Taxi Teherán –una película que se proclama iraní y no se distribuye en su país de origen- se suma a los demás reconocimientos internacionales conseguidos por Jafar Panahi en sus anteriores producciones –Cámara de Oro en Cannes para “La pelota blanca”, 1995; León de Oro en Venecia para “El Círculo”, 2001; Oso de Plata en Berlín para “Fuera de Juego, 2006)- que tampoco han podido ver sus conciudadanos y que algunos amigos sacaron clandestinamente para que pudieran apreciarse en el resto del mundo.

Jafar Panahi ha tenido muchos problemas con el régimen iraní desde sus comienzos. Sus películas están prohibidas, le encarcelaron en 2010 acusado de participar en las manifestaciones que siguieron al montaje de la reelección de Mahmud Ahmadinejad, le impiden filmar, no puede salir del país, no tiene pasaporte… Nada, sin embargo, ha impedido que el realizador siguiera trabajando durante estos últimos años en películas que son una crítica abierta, directa y militante del régimen autoritario y represivo de Irán. En 2012, el Parlamento Europeo otorgó a Jafar Panahi el Premio Sajarov a la Libertad de Expresión.

Apoyado por la comunidad de cineastas internacionales -en el Festival de Cannes el Jurado tiene una silla vacía en homenaje a Jafar Panahi- y gracias a una relativa mediatización, que hace que con frecuencia se le mencione en los medios occidentales, no ha renunciado a seguir ejerciendo su oficio y, con los escasos medios de que dispone, sigue rodando clandestinamente películas que hablan de la sociedad iraní y de él mismo. Después de “Esto no es una película”, rodada en 2011 íntegramente en el apartamento donde vivía en residencia vigilada, y de “Closed Curtain”, Taxi Teherán es su tercera película, y la primera en exteriores, desde que la justicia le prohibió seguir haciendo su trabajo en 2010. En un último gesto humorístico, en lugar de créditos, al final de la película aparecen unas líneas del realizador: “El Ministerio de Orientación Islámica valida los créditos de las películas que se pueden distribuir. Con gran pesar, esta película no tiene créditos. Quiero manifestar mi gratitud a todos cuantos me han apoyado. Sin su preciosa colaboración está película no se habría hecho”.

Como ha escrito alguien “Panahi, resistente, hace avanzar la sociedad iraní, con su taxi la impulsa hacia adelante”.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El Club de Pablo Larraín, mentira y silencio en la casa del señor


Tan morbosa como confusa, con una escenificación que a veces resulta equívoca y distorsiona el hilo narrativo, El Club, película ácida y no menos sorprendente del chileno Pablo Larraín, Oso de Plata-Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín 2015, habla de un grupo de sacerdotes católicos -Roberto Farias, Alfredo Castro, Alejandro Goi… -que purgan sus pecados (pederastia, robo y tráfico de niños, abusos sexuales…) recluidos en una casa situada al sur de Chile donde una falsa monja –Antonia Zegers- , con un pasado igual de turbulento, les hace de carcelera y asistente social -lo que significa que tiene la llave de la puerta y cambia los pañales a quien lo necesita- pero también tiene muchas complicidades con ellos. ¡

Película sobre algunos de los vergonzosos secretos de la iglesia católica y entre ellos el peor de todos, el sistema de impunidad organizado durante décadas para encubrir a los curas delincuentes (pecadores según sus normas); de ahí esa casa-refugio donde esconde sus miserias el grupo de “excomulgados”, un lugar que inevitablemente obliga a pensar en algo muy parecido y muy reciente, el chalet de Pinos Génil donde los curas conocidos como “los Romanones”, organizados como una secta, sometían a abusos sexuales a monaguillos y otros menores; delitos que el arzobispo de la diócesis, Javier Martínez, ha estado encubriendo hasta el punto de que ha tenido que intervenir la autoridad del Vaticano para obligarle a entregar a la judicatura española las actas de los interrogatorios de los curas en cuestión, seis meses después de que le fueran requeridos.

Los cuatro curas y la monja de El Club no son exactamente una secta, aunque todos conocen los secretos de todos y la norma es no hablar nunca de ellos, comportarse como si la casa formara parte de un club de vacaciones y estuvieran en ella disfrutando de una merecida jubilación; tienen distintas procedencias y han cometido delitos diferentes, pero todos han pasado la “purga” de sus superiores y se encuentran en la casa “castigados”, aunque convenientemente alimentados y cuidados. Su iglesia les aísla y evita así que respondan ante la justicia. Y ellos pueden cultivar hobbys, como entrenar a un galgo de carreras (por cierto, es terriblemente sádico el trato que recibe ese animal) o cultivar un huerto. Hasta que la llegada de un quinto huésped -que no tardará en suicidarse perseguido por una de sus víctimas, un vagabundo borracho instalado delante de la casa gritando al viento los abusos padecidos-, y de un posterior investigador eclesiástico, trastoca completamente su rutina. Es entonces cuando los residentes del “club” ponen en marcha todas sus estrategias para evitar que nada ni nadie pueda alterar la seguridad de su exilio dorado.

En esta historia, que provoca un terrible malestar, todo parece oscuro, tenebroso, todo huele a sucio. Es evidente que, en contra de mi opinión y pese a todo, la película convenció al Jurado de la Berlinale, que le concedió su premio, como en cierta medida también ha gustado en San Sebastián 2015, donde participó en la sección Horizontes Latinos (http://periodistas-es.com/63-festival-de-san-sebastian-ritos-satanicos-con-amenabar-y-pedofilia-eclesiastica-con-larrain-58262).

Lo mismo que aquí, en Estados Unido, en Francia, Alemania e Irlanda, en Chile han estallado escándalos de pedofilia en la iglesia católica, durante los últimos años. Lo mismo que aquí, y en otros lugares del mundo donde esa religión es fuerte y controla la vida de ciudadanos y autoridades, hay procesos abiertos contra un número considerable de curas: “El tema de los abusos sexuales de menores, por parte de algunos curas… afecta a todo el mundo. Es enorme el número de sacerdotes pedófilos, como el de niños violados…Evidentemente, la misión del arte es siempre política", dice Alfredo Castro, uno de los protagonistas de El Club.

Realizador de “Santiago 73 Post Mortem” y “No”, Pablo Larraín se ha puesto una vez más detrás del objetivo para denunciar los silencios de la sociedad chilena, la “hipocresía de las estructuras sociales y las caducas figuras autoritarias persistentes”.

domingo, 4 de octubre de 2015

Golpe de estado, apocalipsis familiar en algún lugar de Asia



Thriller escrito y dirigido por John Erick Dowdle (“Así en la tierra como en el infierno”, “La trampa del mal”, “Quarantine”). Y protagonizado por Owen Wilson (“El gran hotel Budapest”, “Midnight in Paris”, “Tras la línea enemiga”), Lake Bell (“Sin compromiso”, “No es tan fácil”, “Boston Legal”) y Pierce Brosnan (“El escritor”, “Mamma mia!”, “Muere otro día”). “Moralmente dudosa y políticamente simple”, según el crítico de Télérama Nicolas Didier, no es imprescindible verla.

Jack Dwyer (Owen Wilson), ejecutivo de una empresa estadounidense, y su familia –mujer y dos niñas- se ven atrapados en un violento golpe de estado en un país del Sudeste Asiático, al que acaban de trasladarse. Puede ser Laos, quizá Camboya; en los dos días inmediatos a su llegada, la familia sufre un auténtico calvario, perseguidos de revolucionarios sedientos de sangre, con el machete en una mano y en la otra una ametralladora, dispuestos a acabar con cualquier “extranjero”, y en especial con los representantes de la multinacional, a la que les enfrentan algunas diferencias en torno a la instalación de una depuradora (o algo parecido).

De nuevo, dos culturas enfrentadas que no se entienden; el director tiene mucho interés en mantener la incógnita del lugar, como insinuando que algo así le puede pasar a cualquier, en cualquier sitio. Owen Wilson hace el papel de perfecto padre de familia, dispuesto a salvar a su familia al precio que sea, lo que incluye lanzar a sus niñas de un edificio a otro desde una altura considerable de varios pisos. El personaje de la mujer es el de una esposa valiente, aunque cuando pretende ayudar mete la pata (por decirlo de forma políticamente correcta), pero muy llorosa: lo que recuerdo de ella es hora y media de una cara manchada con sangre y lágrimas. Y en cuanto a Pierce Brosnan, agente clandestino de la CIA en el país de marras, vuelve a comportarse como el James Bond que fue un día, en cuanto le dejan un arma en la mano, llegando en su sentido del deber a sacrificar su vida, proponiéndose como blanco a los rebeldes, para “salvar a la familia”.




La playa de los ahogados, crimen en la ría


La playa de loa ahogados es un thriller dirigido por el gallego Gerardo Herrero (El corredor nocturno, Silencio en la nieve), ambientado en la ría de Vigo. Una película que viene a confirmar que en España se está haciendo un aceptable cine de género (negro, por supuesto). En este caso una adaptación de la segunda novela del vigués Domingo Villar, quien también ha colaborado en el guión.

Con los ingredientes habituales, y una interpretación un tanto lacónica de Carmelo Gómez (Silencio en la nieve, Tiempo sin aire) en el inspector Leo Caldas, a quien parecen querer encasillar en papeles de inspector de policía torturado por su pasado, muy en la línea de los profesionales de la lucha contra el mal en el cine de Hollywood, la mayor pega que puede ponérsele a La playa de los ahogados es que la acción avanza muy lentamente y corre peligro de aburrir al espectador. Acompañan a Gómez, Antonio Garrido (Solo para dos, Love Unlimited) y un grupo de actores gallegos como Luis Zahera, Celia Freijeiro, Celso Bugallo, Pedro Alonso y Tamar Novas.

En una cala aparece muerto un hombre con las manos atadas a la espalda. Hace años formó parte de la tripulación de un pesquero que naufragó, dejando otra víctima mortal. Aunque la ignorancia del entorno quiere creer que se trata de un suicidio, el inspector Caldas y su ayudante, Rafael Estévez, empiezan a desenredar una madeja más complicada de lo que suponían, descartando uno por uno a los varios sospechosos que van apareciendo a medida que avanza la narración. Como tiene su poquito de suspense, hasta casi el final no verán- y veremos- con claridad lo que realmente ocurrió hace una década y qué intereses se han seguido moviendo en el reducido entorno del pueblo para que hombres y mujeres callen lo que saben y siga habiendo quien quiera deshacerse de un incómodo testigo.

jueves, 1 de octubre de 2015

El precio de la fama de Xavier Beauvois

Charlot lo habría bendecido

Charlie Chaplin murió a los 88 años, el día de Navidad de 1977, en la comuna suiza de Vevey, al borde del Lago Leman, donde llevaba residiendo un cuarto de siglo con su esposa Oona –hija del gran dramaturgo estadounidense Eugene O’Neill) y su numerosa prole. Poco más de dos meses después, el 1 de marzo de 1978, el polaco Roman Wardas y el búlgaro Gantcho Ganev, asaltaron la tumba y robaron su cadáver pidiendo un rescate a la viuda. La historia terminó a los pocos meses con la condena de los dos hombres, uno a cuatro años y el otro a dieciocho meses de cárcel, poniendo una especie de postdata burlona al fallecimiento de una de los mayores cómicos del siglo XX y borrando, una vez más, la tenue frontera que separa la realidad de la ficción.

Como decía, más o menos, el crítico de Libération, es seguro que Chaplin “habría bendecido” la película que Xavier Beauvois ha extraído de estos hechos. Inspirándose muy libremente en el suceso, digno de haber salido de la imaginación del enorme artista que fue Charles Chaplin -Charlot para sus primeros públicos y después para los niños, y los adultos con corazón de niño de todo el mundo-, el realizador francés Beauvois (Hombres y dioses, 2010, Gran Premio del Jurado de Cannes) ha escrito y dirigido El precio de la fama (de la gloria, en el título original) transformando, con ternura y humor, la peripecia del robo del ataúd en una especie de Cuento de Navidad lleno de lirismo que avanza a los acordes de partituras sinfónicas (firmadas por Michel Legrand) y una espléndida versión de Candilejas; no sé a los demás espectadores, a mí esos compases archiconocidos que llegan de un espléndido pasado cinematográfico han conseguido emocionarme de verdad. Una película influenciada de principio a fin por la figura de Chaplin, con continuas referencias a sus obras, y en especial al circo.

En la ficción, como en la realidad, son los años 1970 y estamos a orillas del lago. Recién salido de la cárcel, Eddy (Benoît Poelvoorde) es acogido en una destartalada caravana en el patio de la casa de su amigo Osman (Roschdy Zem), empleado en la limpieza municipal: una especie de chabola (recuerda, ha notado algún crítico, a la de Paulette Godard y Chaplin en la película Tiempos modernos). Han acordado que Eddy cuidará de Samira, la hija de Osman, mientras su esposa Noor está ingresada. La falta de dinero se hace más patente en vísperas de Navidad. Cuando se enteran de que el riquísimo Charlie Chaplin acaba de fallecer, a Eddy se le ocurre la idea de robar el féretro con el cuerpo, y pedir un rescate. ¡

Como dijo el abogado de la defensa en el juicio, “los dos secuestradores son dos charlots emigrantes”, uno argelino y el otro belga, dos tipos inútiles como los que habitualmente aparecen en las comedias italianas, que solo pretenden salir de la miseria, dos clowns –el serio y el augusto- , dos perdedores que, al enterarse de la muerte de Chaplin a pocos kilómetros de allí, deciden “pedir dinero a un amigo”. ¿A qué amigo? Al de los pobres, los sin techo, los migrantes los fracasados, los inadaptados, los parias de la tierra…

Aunque es cierto que la película intenta, en todo momento, arrancar una sonrisa en el espectador (nunca una carcajada), El poder de la fama consigue eludir lo fácil, evitar los gags demagógicos y no caer en la vulgaridad. Y como en todos los cuentos de hadas y milagros, “está bien lo que bien acaba” y Eddy encontrará finalmente su razón de existir trabajando como payaso en un circo, enamorado de la hermosa caballista (Chiara Mastroiani, cada vez se parece más a sus padres, a los dos).