miércoles, 14 de agosto de 2013

Las cenizas de Ritchie Havens van a llover sobre Woodstock



En la madrugada del 18 de agosto de 1969 finalizaba la primera edición del Festival de Woodstock (Woodstock. 3 Days of Peace & Music), que había comenzado en la tarde del 15 con una actuación inolvidable de tres horas de performance de Ritchie Havens, en las que improvisó lo que luego sería su composición más famosa, Freedom, que repetida después en la Isla de Wight acabó convertida en himno generacional de la contracultura y la libertad.

Ahora, el próximo 18 de agosto de 2013, cuando se cumplen 44 años de la clausura de aquel festival, las cenizas de Ritchie Havns –fallecido el pasado 23 de abril, a los 72 años, en Nueva York- se van a lanzar desde un avión sobre el monte Catskill, el lugar donde tuvo lugar el célebre festival de paz, amor y consagración de la filosofía hippie.

A pesar de que Havens estaba programado para actuar en quinto lugar en el festival de música pop y rock más famoso del siglo XX, una serie de casualidades hicieron que fuera el primero en subir al escenario. Como los artistas que debían actuar antes que él se encontraban imposibilitados de llegar hasta el lugar del concierto, a causa de los embotellamientos que se produjeron en todo el estado de Nueva York por la afluencia de cientos de miles de vehículos, muchos de ellos caravanas, hacia el recinto del acontecimiento, Ritchie Havens tuvo que encargarse de llenar “el vacío” , lo que hizo ininterrumpidamente durante más de tres horas: no solo mantuvo la ilusión del inicio del festival, también consiguió un éxito que ya no le abandonaría durante los siguientes cuarenta años. Como estaba empezando y no había preparado un gran repertorio acabó improvisando sobre una pieza de góspel, Motherless Child, que después se convertiría en Freedom. Con la canción y la película rodada sobre los tres días del Festival, Ritchie Havens dio el salto a la gloria.

Nacido en Brooklyn el 21 de enero de 1941, el mayor de nueve hermanos, desde los doce años Richard Pierce Havens se “educó la voz” en grupos callejeros que hacían doo-wop, hasta que ingresó en los McCrea Gospen Singers. A los 20 años era un habitual del Greenwich Village, admirador de los poetas de la generación beat que entusiasmaban en los clubs que el joven frecuentaba ofreciéndose a hacer retratos a los turistas. Pudo ser un soulman pero eligió el folk: “Fascinado por la escritura de Bob Dylan, Richie Havens decididó dedicarse a la guitarra y se convirtió en uno de los pocos cantantes negros que consiguieron destacar en ese ambiente”.

Tras publicar dos primeros álbumes que pasaron inadvertidos, Mixed Bag, en 1967, que incluía una versión de Just Like a Woman (Dylan), hizo que la crítica se fijara en él. Antes de Woodstock ya había editado varias hermosas grabaciones, catalogadas como folk-rock-soul, tales como Something Else Again (1968) o el doble Richard P. Havens (1969), que contenía el clásico Indian  Rope Man, versionado posteriormente por Bob Marley con el título African herbsman: “Más que las grabaciones, lo que impresionaban eran las apariciones escénicas de aquel hombre inmenso con aquella enorme barba”.

En 1971 consiguió un enorme éxito comercial con el álbum Stonehenge, en el que figura una versión de Here Comes the Sun, de los Beatles. No sería la única: a partir de entonces Richie Havens versionó muchas de las canciones del grupo de Liverpool, que incluía siempre en sus conciertos. En aquella misma época, a mediados de los ’70, se comprometió en la lucha ecológica participando en la fundación de un museo oceanográfico en el Bronx neoyorquino y una asociación para la educación medioambiental.

Tras permanecer arrinconado unos años en que el folk “no estaba de moda” y tener algunos escarceos con el cine, como una versión musical de Otelo (1974) o su aparición junto a Bob Dylan en Hearts of Fire (1987), el regreso del género a la actualidad musical (1990-2000) le devolvió a los escenarios, a los conciertos, a la carretera, a las colaboraciones con grupos electrónicos, a la grabación y producción de nuevos álbumes… Sus fans no le olvidaron nunca: Bill Clinton le invitó a actuar en 1993, en la fiesta de inauguración de su mandato; Sean Penn se lo llevó a Cannes, para la inauguración en 2008 del Festival que presidió. Ese mismo año, Richie Havens publicaba el último álbum, Nobody Left to Crown; en marzo de 2012 anunciaba su retirada “por problemas de salud”.

Su guitarra tenía un estilo intenso y rítmico que le distinguía y ”poseía una de las voces (ronca, potente) más reconocibles  de la música popular, su estilo de canto inflamado, desgarrador y emotivo es único, y no tiene edad”, escribió la Agencia Roots al dar la noticia de su muerte. A partir de ahora, sus cenizas pasan también a formar parte del mítico escenario de su primer triunfo.

Con 25 álbumes en su haber, Ritchie Havens ha dejado en herencia a sus muchos incondicionales una discografía impresionante y un compromiso muy especial con la defensa del medio ambiente.

Arabia Saudí: cárcel y 600 latigazos por ciberdisidente

Amnistía Internacional ha emitido un comunicado por la condena dictada el lunes 12 de agosto de 2013 en Arabia Saudí contra el escritor Raif Badawi, de siete años de prisión y 600 latigazos por expresar pacíficamente sus ideas, que la ONG califica de “afrenta a la justicia y una atroz violación de las obligaciones contraídas por Arabia Saudí en materia de derechos humanos”.

“La flagelación es un castigo corporal que viola la prohibición, establecida en el derecho internacional, de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”, añade AI, que condena enérgicamente la constante represión que las autoridades saudíes ejercen sobre la libertad de expresión y las numerosas condenas dictadas contra activistas de derechos humanos en el país en lo que va de 2013.

La organización considera que Raif Badawi y todas las demás personas detenidas exclusivamente por ejercer su derecho a la libertad de expresión son presos de conciencia y pide su libertad inmediata e incondicional.

El 29 de julio, un tribunal penal de Yidda, en el oeste de Arabia Saudí, declaró a Raif Badawi culpable de, entre otras cosas, crear y mantener un foro online –Saudi Arabian Liberals–, en el que se publicaban comentarios anónimos considerados ofensivos hacia el Islam por las autoridades religiosas. Raif Badawi fue declarado culpable asimismo de insultar a los símbolos religiosos en sus publicaciones en Twitter y Facebook, y de criticar a la “Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio” (conocida también como policía religiosa) y a las autoridades que se oponen a incluir mujeres en el Consejo de la Shura. El juez ordenó también el cierre del foro.

“El enjuiciamiento y la condena de Raif Badawi por expresar opiniones, entre ellas sus dudas sobre la interpretación oficial de la religión y las prácticas religiosas, es el episodio más reciente de un intento creciente de las autoridades saudíes de impedir toda forma de libertad de expresión”, continua AI en su comunicado.

Durante 2013, las autoridades saudíes han acosado, intimidado, detenido o condenado a más de una decena de destacados activistas de derechos humanos por ejercer su derecho a la libertad de expresión, asociación y reunión. El día que Raif Badawi fue condenado, su abogado, Waleed Abu al Khair, destacado defensor de los derechos humanos, compareció ante el tribunal para la sesión número 13 de su juicio –que dura ya 20 meses– por ridiculizar el sistema judicial saudí.

Tan sólo en junio de 2013, las autoridades saudíes condenaron al menos a 11 personas a penas de cárcel por manifestar sus opiniones en la web. El 24 de junio, el Tribunal Penal Especial de Dammam condenó a siete hombres, a entre cinco y diez años de prisión, por publicar en Facebook comentarios en apoyo a un clérigo musulmán saudí detenido en la Provincia Oriental del país, en la que las manifestaciones celebradas se han reprimido haciendo uso de una fuerza excesiva.

Ese mismo día, las autoridades condenaron y encarcelaron a Abdulkareem Yousef al Khoder, catedrático de Jurisprudencia Islámica y cofundador de la Asociación Saudí de Derechos Civiles y Políticos, a ocho años de prisión y diez años de prohibición de viajar por cargos imprecisos como desobedecer al gobernante, incitar al desorden convocando manifestaciones, dañar la imagen del Estado difundiendo información falsa a grupos extranjeros y participar en la fundación de una organización no autorizada. Anteriormente, en marzo, las autoridades condenaron a otros dos cofundadores de la Asociación y defensores de los derechos humanos, el Abdullah bin Hamid bin Ali al Hamid y a Mohammad bin Fahad bin Muflih al Qahtani, a penas de entre cinco y diez años de prisión y a prohibiciones de viajar de la misma duración por cargos igual de imprecisos.

Una semana antes, el 17 de junio, el Tribunal Penal Especial de Yidda condenó a un destacado activista de derechos humanos, Mikhlif bin Daham al Shammari, a cinco años de prisión seguidos de diez años de prohibición de viajar por su activismo pacífico de derechos humanos. También en junio, las autoridades condenaron a dos destacadas activistas de los derechos de las mujeres, Wajeha al Huwaider y Fawzia al Oyouni, a diez meses de prisión por tratar de ayudar a una mujer de la que las autoridades consideraban que desafiaba a su esposo.

“Además de tomar medidas represivas contra activistas y organizaciones, las autoridades saudíes han tratado de eliminar la presencia online y las cuentas en redes sociales de activistas y organizaciones, como han hecho con el sitio web de Raif Badawi, Saudi Arabian Liberals. El mismo día que se desmanteló la Asociación Saudí de Derechos Civiles y Políticos, se ordenó el cierre de las cuentas de la Asociación en las redes sociales. También se ha ordenado a decenas de hombres y mujeres detenidos en las manifestaciones de los últimos meses que cancelen sus cuentas en redes sociales, y se les ha amenazado con largas penas de prisión si hablan públicamente de sus casos, o utilizan Internet para hacer activismo.

El hecho de que se haya detenido y condenado a activistas sobre la base del contenido de sus publicaciones en Twitter o Facebook sugiere que las autoridades están vigilando estrechamente los espacios públicos en la web. A algunos activistas se les ha acusado de “delitos” tales como ponerse en contacto con grupos extranjeros –en muchos casos, organizaciones internacionales de derechos humanos– o guardar y compartir información en Internet.

Las autoridades también han tomado medidas para vigilar y controlar el software cifrado de redes sociales como Viber, Skype y Whatsapp. En marzo, se filtró una carta “confidencial y urgente” de la Comisión de Comunicaciones y Tecnología de la Información saudí que pedía a los proveedores de Internet que tomaran “todas las medidas necesarias para ejercer un control de seguridad sobre las comunicaciones”. En otra carta “confidencial y urgente” posterior, la Comisión pedía que todos los proveedores informaran a las autoridades sobre los progresos conseguidos en la vigilancia de las aplicaciones de redes sociales y que, en ausencia de progresos, notificaran a la Comisión su capacidad técnica de cerrar esas aplicaciones. Poco después, Viber anunció que se habían bloqueado sus servicios en Arabia Saudí, aunque se restauraron unos días después.

Médicos sin Fronteras abandona Somalia

La tolerancia y el apoyo de los grupos armados y las autoridades civiles a los violentos ataques contra Médicos sin Fronteras (MSF) ya no garantizan las condiciones mínimas para que la organización pueda continuar su actividad en Somalia, de acuerdo con un comunicado que ha emitido la ONG en Ginebra, este 14 de agosto de 2013.

Presente de forma continuada en Somalia desde 1991, la organización médica humanitaria MSF anuncia hoy el cierre de todos sus programas en el país. La decisión se ha tomado como consecuencia de una serie de agresiones extremadamente graves a los equipos sobre el terreno, en un contexto en que los grupos armados y las autoridades civiles toleran, e incluso apoyan, los asesinatos, secuestros y ataques a trabajadores humanitarios.

Algunos personajes y grupos, presentes sobre todo en la región centro-sur de Somalia y con los que MSF se ha visto obligada a negociar para poder continuar con su misión médica humanitaria, han jugado un papel determinante en las exacciones cometidas contra los equipos de MSF, tanto participando directamente en ellas como aprobándolas tácitamente. “De esta forma, lamenta MSF, privan a cientos de miles de civiles somalíes de ayuda humanitaria».

Durante sus 22 años de permanencia en la zona, MSF ha negociado con el conjunto de grupos armados y autoridades de todo tipo, las excepcionales necesidades humanitarias del país han hecho que tanto la organización como sus equipos hayan tolerado riesgos sin precedentes –como los que han corrido los colegas somalíes de MSF- y aceptado compromisos, en contra de sus principios de independencia e imparcialidad.

Los incidentes más recientes han sido el brutal asesinato, e diciembre de 2011, de dos miembros de MSF en Mogadiscio seguido de la puesta en libertad anticipada del autor material, así como el secuestro de dos voluntarios de la organización en los campos de refugiados de Dadaab, en Kenya, detenidos en el sur de Somalia y puestos en libertad hace un mes. Estos incidentes no son más los últimos de la larga serie de agresiones. Desde 1991 han asesinado a otros catorce voluntarios y MSF ha sufrido decenas de ataques contra su personal, ambulancias e infraestructuras médicas.

“Matando, atacando y amenazando a los trabajadores humanitarios, los grupos armados y las autoridades civiles que toleran sus actuaciones, han condenado a muchas vidas en Somalia”, ha manifestado el doctor Unni Karunakara, presidente de MSF Internacional. “Nos marchamos porque la situación ha creado un desequilibrio insostenible entre los riesgos que tienen que aceptar nuestros equipos, los compromisos que debemos establecer y nuestras capacidad para proporcionar asistencia a las víctimas somalíes”

Más allá de los asesinatos, secuestros y agresiones, para poder intervenir en Somalia MSF ha tenido que recurrir a guardias armados, una medida excepcional que no se ha empleado en ningún otro país, y tolerar limitaciones extremas en cuanto a su capacidad para evaluar de forma independiente las necesidades de la población, y responder a ellas.

Para permitir el despliegue del socorro médico, así como el respeto de principios operativos de imparcialidad e independencia, la acción humanitaria exige un mínimo de reconocimiento del valor del trabajo médico por todas las partes implicadas en un conflicto armado, así como por las comunidades. Lo mismo que todos deben demostrar una voluntad para que se respeten las garantías mínimas de seguridad negociadas para pacientes y equipos médicos. Este acuerdo, siempre frágil en las zonas en conflicto, ahora ya no existe en Somalia.

“En definitiva, los que van a pagar el mayor precio son los pacientes”, lamenta el doctor Karunakara. “Gran parte de la población no ha vivido nunca en un país sin guerra o sin hambruna, y ya recibe mucha menos ayuda de la que necesita. Los grupos armados que toman como objetivo a la ayuda humanitaria y las autoridades civiles que toleran sus exacciones, privan al pueblo somalí del poco acceso que ya tenían a las prestaciones médicas disponibles”.

MSF cierra hoy la totalidad de sus programas médicos en Somalia: en Afgooye, Balwad, Burao, Daynille, Dinsor, Galkayo, Jilib, Jowhar, Kismayo, Marere y Mogadiscio. Más de 1.500 trabajadores de la organización han estado asegurando hasta ahora cuidados gratuitos de salud, se han ocupado de la malnutrición y la salud maternal, sin olvidar la cirugía, la respuesta a las epidemias, las campañas de vacunación y el aprovisionamiento de agua y bienes de primera necesidad. En estos años, los equipos de MSF han efectuado más de 624.000 consultas y 41.000 hospitalizaciones, han curado a 30.090 niños malnutridos, vacunado a 58.620 personas y llevado a cabo 7.300 partos.

Unicef pide ayuda urgente para refugiados sirios

Es uno de esos aniversarios que resulta imposible celebrar: un año después de la creación del campo de refugiados sirios de Za’atari, en Jordania, el número de acogidos asciende a más de 120.000 personas, y la mitad son niños, informa Unicef.Las organizaciones no gubernamentales han creado allí hospitales, escuelas infraestructuras y saneamiento.

Pero, naturalmente, queda mucho por hacer.

(No sé si mis lectores se habrán fijado en unos carteles de dimensiones considerables, que han aparecido en los últimos días en las paradas de los autobuses y otro tipo de vallas publicitarias, en los que precisamente Unicef anuncia que está a punto de desaparecer la ayuda estatal a la cooperación, lo que para organizaciones como ésta puede suponer la paralización completa de sus actividades. No estoy segura de que sea una buena idea, en los tiempos que corren, con familias enteras en paro y viviendo de la pensión de alguno de los abuelos, pedir con desesperación la ayuda de los ciudadanos, un buen porcentaje de los cuales tienen serias dificultades para conseguir vivir el día a día con sus escasos medios. Máxime además cuando son todas la ONG’s las que, en los últimos meses, han sacado a sus efectivos a las calles, que asaltan al transeúnte por las esquinas, en un intento también desesperado de conseguir nuevas afiliaciones. Yo he defendido siempre el trabajo de las organizaciones humanitarias, que llenan el vacío que dejan los estados cuando no cumplen con sus obligaciones de solidaridad internacional; pero éstos son tiempos malos para la lírica, la cultura, la educación, la sanidad, el respeto y no digamos la ayuda mutua y el apoyo a los otros).

“Para vivir en Za’atari es necesario carecer de otras opciones”, asegura Marc Vergara, responsable de comunicación de Unicef, en un comunicado. “Allí hay 36º a la sombra, pero lo que pasa es que no hay sombra. Za’atari no es lugar que nadie elegiría para vivir”.

Construido en mitad del desierto jordano, el campo es una desolación permanente barrida por los vientos: “La arena entra en las tiendas”. Previsto para acoger a unos pocos miles de personas, hoy se ha convertido en la quinta ciudad jordana, por volumen de población, y acoge a más de 120.000 sirios que han huido de la guerra civil de su país: “Quieren regresar a sus casas, pero saben que eso no va a ocurrir de momento”. Por eso, y gracias a la ayuda de organizaciones como Unicef, los habitantes de Za’atari se han organizado: “Hace un año no había nada. Les llevaban el agua en bidones. Hoy se han construido infraestructuras sanitarias, los niños van a la escuela y se están levntando barracas que reemplazan a las tiendas”. Unicef lleva diariamente 4.000 litros de agua a los habitantes del campo. También ha construido fosas sépticas y pozos. Y, sobre todo, piensa en el futuro: “Para que un día se pueda reconstruir Siria es necesario que los niños vayan hoy a la escuela. Ellos serán quienes protagonicen el futuro”. de momento, son 40.000 los niños escolarizados en Za’atari: “Ellos quieren ir a la escuela, el problema es que muchos están haciendo funciones de padre o madre, muertos en Siria, y se buscan trabajos para mantener al resto de la familia”. Para Marc Vergara, la pérdida de la “vida normal” es lo que más afecta a esos niños: “tienen un enorme sentimiento de pérdida, se han cargado sus vidas de un día para otro”. Los niños representan más de la mitad de la población del campo, son las prieras víctimas del conflicto. Testigos de escenas traumáticas, va a ser difícil devolverles una existencia “normal”.

Este ejemplo del campo de Za’atari, como muchos otros, nos enfrenta a la realidad de que las organizaciones humanitarias necesitan, como siempre y más que nunca, la ayuda de todos para poder cumplir los objetivos que tienen marcados. La crisis es una buena excusa para que los estados dejen de cumplir con sus obligaciones de cooperación internacional, mientras no escatiman en los gastos de defensa ni en los sueldos de los políticos. La crisis es, por otra parte, una realidad que impide que los ciudadanos solidarios puedan ayudar, como hacían ayer, a estas organizaciones.