martes, 13 de agosto de 2013

Una casa en Córcega, una flojita historia “rousseauniana”



“En el culo del mundo”, traducción más o menos aproximada del título original de la película belga Au cul du loup, (la literal sería en el culo del lobo), que el 14 de agosto de 2013 se estrena en España como Una casa en Córcega, es una historia sencilla y muy previsible acerca de lo que le ocurre a Christina, joven desempleada que sirve comidas a disgusto en el restaurante del padre de su novio en la ciudad belga de Charleroi, cuando hereda de su abuela una casa semi ruinosa en el último rincón de la hermosa isla mediterránea, de la que hasta entonces ignoraba incluso la existencia.

Presionada por la familia y los parientes para que la venda, la joven siente la necesidad imperiosa de ir a verla y una vez allí, completamente seducida por el paisaje y las gentes, decide cambiar su aburrida existencia de urbanita por la desconocida y simple rutina de un medio rural, alejado de todo lo que hasta entonces conocía. Novio, familia y amistades, estallan en pedazos y pierden importancia cuando Christina conoce a la anciana Flora, que a grandes rasgos le cuenta la historia de su abuela fallecida, y al pastor Pascal, un joven mucho más interesante y seductor que el que ha dejado en Bélgica, trashumante que conduce un cuatro por cuatro y flirtea con una joven licenciada que está haciendo un master en pastoreo. Todo muy simple y muy del siglo XXI.

En una entrevista, el realizador Pierre Duculot explicaba que su intención era hacer un retrato de dos lugares que conoce bien, y ama: la fría, oscura y lluviosa ciudad walona de Charleroi y la luminosa y soleada Córcega, isla a la que los griegos llamaban sublime (kalisté) y los franceses conocen como “isla de la belleza”. Realmente no parece que sus ambiciones hayan ido mucho más allá, ni en la elaboración del guión ni en la narración de la historia de Una casa en Córcega, que casi puede resumirse como “una tarjeta postal de la isla en invierno” (crítica de Thomas Sotinel en Le Monde, cuando su estreno en París a comienzos de 2013).

Para este crítico, una vez enunciada la sinopsis “queda poco que decir de la película”. Si acaso que Christina (Christelle Cornil), el personaje principal, es una mujer joven decidida a hacerse cargo de su destino, lo que lleva a cabo con una cierta ingenuidad, producto sin duda de la ignorancia, que en su viaje (también interior) de la ciudad a la isla acaba por descubrir que la auténtica herencia de su abuela son, más que la casa, unas raíces y una historia en la que insertarse.

Nacido en Lieja en 1964, Pierre Duculot es profesor de Filología y Ciencias de la Comunicación, periodista, programador de festivales y desde hace poco cineasta (hasta ahora realizador de cortometrajes, documentales y de ficción).


lunes, 12 de agosto de 2013

Paraíso: Amor, cuando el Norte y el Sur se explotan mutuamente



No estoy segura de que sea una buena idea la película Paraíso: Amor, primera entrega de la trilogía del austriaco Ulrich Seidl que continúa con Fe y Esperanza, y se estrena en los cines españoles el 16 de agosto de 2013, una fecha letal para el cine en la que escasos habitantes que permanecen en las ciudades entran en las salas con el único objetivo de escapar a la canícula humillante de los 38º a la sombra. A mi me ha parecido una historia tristísima, una mascarada patética que muestra lo peor del Norte arrogante y prepotente y del Sur “exótico y misterioso”, una visión cínica de esa tarjeta postal que se ha dado en llamar turismo sexual.

En una huida hacia delante, Teresa, una quincuagenaria centroeuropea, obesa y más hortera imposible, escapa de la desoladora realidad de su vida cotidiana como celadora de un grupo de deficientes mentales volando a Kenya, donde la propaganda y los relatos de otras viajeras le han convencido de que podrá encontrar el amor.

Lo mismo que hace unos años -y quizá todavía, aunque ya no se hable tanto de ello- las solteras españolas de una cierta edad viajaban a Cuba en busca del gigoló de sus sueños, las rubias de la Europa más rica sueñan con los torsos y los culos de los jóvenes efebos negros, vendedores de baratijas que les asaltan en las playas y se convierten en sus acompañantes durante las semanas de vacaciones (la diferencia está en que mientras los cubanos querían más, un matrimonio que les sacara de la isla y a ser posible les asegurara un futuro de dolce far niente, los africanos tienen sus familias –mujeres e hijos- en los poblados cercanos a la ciudad de vacaciones y lo que hacen con las mujeres europeas es considerado un trabajo como cualquier otro, que incluye incluso una velada extorsión económica con historias de accidentes y enfermedades familiares).

Paraíso: Amor nos cuenta que generalmente las cosas suelen funcionar como está previsto: la europea celulítica paga todo y a cambio el caballero africano, esclavo sexual, le proporciona no solo compañía, también momentos de placer. Ninguno de los dos parece consciente de estar atrapado en un infierno obsceno –lo que contradice el título de la película, aunque puede que forme parte del registro humorístico del realizador-, un infierno existencial donde nada es espontáneo, todo es repetir una y mil veces una lección aprendida. El africano conoce los gestos, y sobre todo las palabras que debe emplear para hacer capitular a la turista a las primeras de cambio; ella es consciente de estar protagonizando un juego sucio, con las cartas marcadas y el guión aprendido de memoria, y aún así no pierde la esperanza de encontrar, en algún momento, al hombre que sea capaz de “mirar en el interior”. Algo a todas luces imposible en una relación que desde el primer momento se plantea como un diálogo de sordos, una impostura, un recrearse en lo que aparentemente denuncia: la expresión descarada y pudiente del neocolonialismo, aunque esté disfrazado de modernidad y de “choque de civilizaciones”.

A favor de este drama –porque es un drama la vida de esa mujer, y no digamos la del chulo africano- la presentación caso documental de gran parte de las escenas de alcoba –alcobas míseras, al fondo de un patio rodeado de chamizos-, de ducha, de cama, en las que el cuerpo de la protagonista inunda la pantalla sin esconder su exceso de kilos y grasa, relegando a un segundo plano los esbeltos cuerpos de esos beach boys que han convertido el sexo en una mercancía, la venta de amor en un modus vivendi aunque paradójicamente ni les va “a sacar de pobres” ni va a cambiar su existencia; no es más un “ir tirando”.

“Hay que decir que aunque Ulrich Seidl acostumbra ser un documentalista apasionante, su trabajo en la ficción es suficientemente provocador como para incitar a la náusea. La forma de hiperrealismo que practica remite a pintores como Otto Dix o Georg Grosz, es decir, la provocación llevada hasta el asco” (Jean Roy, L’Humanité).


martes, 6 de agosto de 2013

Renoir, padre e hijo, a la sombra de las muchachas en flor



La finca Les Collettes, en la  Costa Azul, 1915. Auguste Renoir, en el ocaso de su vida, está atormentado por la pérdida de su esposa, los dolores de una poliartritis que le obliga a llevar las manos vendadas y moverse en silla de ruedas, y  porque tiene dos hijos -de tres- en el frente, que han resultado heridos.

Sin embargo, cuando una nueva modelo llega a su mundo el pintor siente renovada su energía. Andrée, “una chica de ninguna parte enviada por una muerta”,  se ríe Renoir al escucharle decir que la ha mandado su mujer (fallecida hace tiempo), de la que al poco tiempo ya no podrá prescindir.

Radiante de vida, bellísima, Andrée será la musa del artista y la esposa del segundo de sus hijos, Jean, después uno de los mayores cineastas franceses en la antesala de la nouvelle vague y autor de películas como La gran ilusión o French Can-Can. En esos cálidos días provenzales, la joven fuerza una promesa: un día Jean será realizador y Andrée actriz. Actriz de cine mudo.

Pero esto es ya otra historia que no vemos en la película Renoir, cuyo estreno está previsto para el 9 de agosto de 2013; aquí solamente se nos cuenta un fragmento del último tramo de la vida del pintor y el regreso de la guerra de su hijo.

A caballo entre ambos, la joven pelirroja y varias mujeres más de distintas edades, especie de gineceo radiante  siempre alegre,  para quienes la guerra no existe, empleadas del anciano al que atienden en sus enfermedades, se ocupan de la comida y la casa y le trasladan literalmente a mano –a la sillita de la reina- de un lugar a otro del terreno provenzal, hasta el sitio en que decide instalar caballete y pinceles.

“Aparentemente, es una película inmóvil… en la que todo se mueve”, con un trasfondo repletos se secretos y deseos ilícitos satisfechos (como, por otra parte, ocurre en la mayoría de las familias a poco que se rasque la superficie). Y también es una película luminosa, en el sentido de que la luz juega un papel esencial, recreando ella sola todo el impresionismo  en los árboles y las hojas de la propiedad familiar, único escenario , risueño y bucólico, en que transcurre la acción de esta historia, cuarta película del realizador Gilles Bourdos .

Al final, y haciendo un gran esfuerzo, el anciano Renoir se levanta del sillón para abrazar al joven Jean, “que regresa a la guerra y camina hacia la gloria sin saberlo”.